MELILLA PREHISTORICA Melilla enclavada en la regi¢n oriental de Marruecos cuenta con los yacimientos arqueol¢gicos m s numerosos del Norte de Marruecos. Las exploraciones realizadas por C. Posac y sistematiza- das por el mismo autor nos ofrecen un conjunto homog‚- neo para la zona melillense que no se da en las dem s regio- nes. PALEOLITICO Yacimientos ATERIENSES del paleol¡tico superior han sido descubiertos en la zona del r¡o YAZAMEN, TA- XUDA, SIDI MESAUD, e incluso en la misma Melilla, si aceptamos la tesis de P. PALLARY. De los estudios realizados se desprende que Melilla en estos remotos tiempos se relacionaba m s en las regiones del actual Marruecos y menos con Argelia. Esta tesis viene avalada por la existencia de piezas pedi- mentadas aterienses en un medio musteriense, en menor cantidad que las aparecidas en Argelia. (HADDU 5% , Sidi Mesaud 3% del utillaje total). Melilla se puede comparar y equiparar a TAFORALF, AIN FRITISA (Marruecos Oriental) e incluso MUGHARET el ALIYA (TANGER) . EPIPALEOLITICO Rico en la zona MELILLENSE, SI-TAQUIRA, BA- RRANCO del LOBO, TAXI el ARBI, puente de YAZA- NEN , etc. El utillaje consiste en piezas foli ceas de silex, microlitos geom tricos y de fragmentos de huevo de aves- truz. El m s importante es el de KERKER. (C. Posac). Apli- cando la lista de tipo de TIXIER concluye E. Gozalbes: raspadores o escasos: las piezas laminares suponen un 60% por lo que este yacimiento se acerca al Ibero-Mauritano III evolucionado: escaso en piezas denticuladas. NEOLITICO Y EDAD DE LOS METALES Muy escasos los restos encontrados en la zona. Seg£n Fern ndez de Castro, aparecieron puntas de flecha en Pun- ta NEGRI; su dataci¢n neol¡tica es incierta, pues igual- mente son atribuidas al Ateriense. El yacimiento m s cer- cano a Melilla y rico en este utillaje se localiza en la cabila de BENI-URRIAGUEL (RIF) (hachas de piedra puli- mentadas) una punta de flecha y un raspador. Piezas at¡pi- cas han sido localizadas en Pe¤a del Burro e Islas Chafari- nas. Concluimos asegurando que Melilla goza en la actuali- dad de un ganado prestigio en la Arqueolog¡a del Norte marroqu¡ gracias a los desvelos del investigador C. PO- SAC; afanes que deben ser continuados, sobre todo si se confirman los hallazgos presumiblemente del Bronce, en- contrados en Melilla. PROTO-HISTORIA MELILLENSE: FENICIOS Y CARTAGINESES INTRODUCCION Es indudable la colonizaci¢n de Melilla y de su entorno por parte de los pueblos fenicio y cartagin‚s. Esta entrada de Melilla en el concierto de los pueblos civilizados <> se remonta presumiblemente al primer milenio an- tes de Cristo. El descubrimiento de esta realidad hist¢rica se ha ido haciendo de forma gradual y se ha acelerado en los £ltimos a¤os si bien los restos arqueol¢gicos y numism ticos s¢lo la confirman en los siglos III y II a.C. FUENTES HISTORICAS Referentes a RUSSADIR, la actual Melilla, son nume- rosas : Provienen de la historiograf¡a romana que refunde textos p£nicos. Pod¡amos distinguir entre textos que nom- bran expl¡citamente a RUSSADIR y otros que utilizan nombres que bien pod¡an referirse a nuestra ciudad. Entre los primeros est n: a) El c‚lebre naturalista romano Cayo Plinii (a. 23-79 p.C. m s conocido como Plinio), la localiza al este del pro- montorio de Tres Forcas y le atribuye las funciones de <>; el testimonio se remonta al siglo I p.C., (si bien reconoce testimonios anteriores como el <>, las obras de Varron, el <> de Agrippa, etc.). El nombre fenicio de RUSSA- DIR aparece con el t¡tulo de colonia (romana) en el ITI- NERARUM-PROVINCIARUM-OMNIUM ANTO- NINI AUGUSTI RUSSADIR tiene un gran relieve (so- lamente seis ciudades ubicadas en todo lo que hoy cons- tituye el reino de MARRUECOS) en la Hoja Primera de la Tabla Peutingeriana (Mapamundi de Castorius) del siglo IV p.C., reconstruida por Konrad MILLER en 1916. En esta Carta RUSSADIR goza de la importancia de GADIR, MALAKA y CARTAGONOVA. b) A su vez MELA escribe: <>. Reciente- mente los autores identificaron RUSCADA con RUS- SADIR a la vez que el <> ser¡a la actual <> que en aquel tiempo debido al calado de las naves serv¡a de puerto adecuado y grandioso a la vez. c) PTOLOMEO IV seg£n PSCHMITT (La Maroc d'apres le Geographie de Claude Ptolom‚e: Tours 1973) cuando utiliza un documento de la Epoca de cambio de Era, en- tre los asentamientos prerromanos est n RUSSADIR (10ø-34'-45'') Punta Metagonitis, actual Cabo de Agua 10ø-30'/34ø-55') d) Otros, como ESTRABON XVII, atestiguan la existen- cia de numerosos riachuelos y poblaciones en la costa del Rif, sin nombrarlos. FUENTES NUMISMATICAS La numism tica viene a confirmar las primicias de estas noticias hist¢ricas. As¡ en Cherchel (la antigua Caesarea romana), ciudad localizada en la antigua costa argelina (costa norte) y no muy distante de Melilla, se descubri¢ y se dio a la publicidad en 1914 el hallazgo de una moneda fe- nicia con la leyenda <>, moneda que se encuentra actualmente en el Gabinete Real de Numism tica de Co- penhague . dicha moneda tiene en el reverso los s¡mbolos de una abeja y de unas espigas, s¡mbolos que coinciden con el de otras ciudades mediterr neas sometidas a la influen- cia griega. Incluso se han encontrado monedas griegas con la leyenda <> y el s¡mbolo de la abeja. En griego <> significa <>. De todas formas, en diciembre de 1982 la National Geographic Magazine public¢ un mapa en el que se atribuye a Melilla un origen griego. Hay otro ejemplar con la leyenda <> y con los s¡mbolos de la abeja y de las espigas, aunque con distinta acu¤aci¢n y peor conservaci¢n que el de Copenhague. Se trata de la moneda que actualmente se expone en el museo de Tetu n (la antigua Tamuda), y una tercera moneda obra en el mu- seo de Valencia de D. Juan (seg£n F. Mateo). Por todo ello podemos considerar a la abeja como s¡mbolo numism tico de la proto-historia melillense. En segundo lugar se da otro hecho de enorme transcen- dencia en Melilla respecto a los Cartagineses. Nos referi- mos al hallazgo de miles de monedas (cuya dataci¢n se re- monta con toda claridad al siglo III y II a. C.), que se ha pro- ducido con motivo de los £ltimos dragados del puerto de Melilla (el £ltimo data de 1981). Estas monedas est n siendo objeto de un estudio con- cienzudo; mientras tanto, podemos aventurar las siguien- tes conclusiones : 1.- Hay varias monedas de plata de electr¢n (medios si- klos) que podemos clasificar, siguiendo a Gian Guido Belloni como <>, es decir, cartagineses de los a¤os 260 a 240 a.C.; estas monedas tienen en el anverso la cabeza de PERSEPHONE-TANIT con corona de espigas y en el reverso un caballo parado. Estas monedas de rara belleza, anep¡grafas y cuyo n£mero no llega a una docenas nos remontan a la ‚po- ca de m ximo esplendor de los cartagineses en Sicilia. Los restos de las TANIT-PERSEPHONE, de n¡tido perfil griego, tienen el pelo recogido seg£n el modelo de las matronas griegas de la ‚poca cl sica: dos espi- gas de trigo adornan a modo de guirnalda su hermosa cabellera, simbolizando la riqueza cerealista del lugar de emisi¢n; la £nica diferencia est  en los pendientes que en alg£n caso tienen un solo colgante y otro es tri- ple. La acu¤aci¢n de esta diosa cartaginesa compa¤era del dios BAAL se debe presumiblemente a la destruc- ci¢n de un templo griego siciliano dedicado a la Diosa Astarte. En el anverso, un esbelto caballo de finas pa- tas, excelentemente labradas, nos muestra y recuerda a la divinidad africana, pues Cartago fue fundada so- bre la cabeza de un caballo. La presencia cartaginesa en Melilla, en un  rea que no le correspond¡a (presencia que denotan las monedas), se debe sin duda a la guerra que Cartago emprendi¢ contra Roma en el siglo III a. C. A la nece- sidad, en general, que Cartago sinti¢ de alistamiento de mercenarios, se uni¢, quiz , el hecho especial de la llegada de Asdr£bal, en el a¤o 214 a. C., a esta zona africana para reprimir la insurrecci¢n de SIFAX, rey de los n£midas masaelios. 2.-El hallazgo mayor lo constituyen varios millares de monedas que las podemos clasificar, siguiendo a Leandro Villaronga, como pertenecientes a la clase I y todas ellas de clara topolog¡a y estilo cartagin‚s afri- cano en bronce y cobre; el anverso invariablemente tiene a Persephone-Tanit, con dos espigas de trigo y una soga en el peinado y con un colgante y collar for- mado por peque¤os colgantes; el reverso tiene un ca- ballo parado a la derecha retrospicente, con gr fila punteada que casi parece lineal sin atributos o con ellos consistentes en caduceos, palmeras, plantas, etc., am‚n de distintas letras fenicias que le confieren un detalle de capital importancia para establecer su cronolog¡a . Estas monedas halladas, como hemos dicho ante- riormente, con motivo de la draga del puerto de Me- lilla , y que pertenecen a un barco hundido presumi- blemente por los vientos de Levante, pueden datarse, sin g‚nero de duda, del siglo III a.C., y corresponden a los B rcidas. Dichas monedas son, como aventura certeramen- te Leandro de Villaronga <> y de gran transcendencia, ya que encierra uno de los momentos decisivos de la historia de la an- tigedad como fue la preparaci¢n, el inicio y el desa- rrollo de la Segunda Guerra P£nica que Tito Livio ca- lifica como <>, es decir, la confrontaci¢n de mayor transcendencia, digna de ser grabada en la memoria de la Humanidad. Esta valoraci¢n que Villaronga atribuye a las mo- nedas encontradas en la Pen¡nsula Ib‚rica, la pode- mos aplicar al Noroeste de Africa donde nunca se ha- b¡a producido un hallazgo de esta categor¡a. Villaronga, nos permite seguir a los b rcidas en su conquista de Hispania, que la inician en Gadir fenicia donde acu¤an la moneda menos t¡picamente cartagi- nesa, esto es, la del reverso de proa de nave; siguen otros tipos acu¤adas en oro, plata o bronce (estateras, siklos y calcos), en cuyo anverso predominan las cabe- zas viriles (Heracles u otro dios) sobre las femeninas (Tanit) y el reverso mayoritariamente con el caballo parado a veces retrospicente y con distintos signos y s¡mbolos; el caballo queda reducido a un potrome en algunas monedas; se dan casos de peque¤¡simas mo- nedas, un cuarto de calco, en cuyo reverso figura un casco de gran relieve. Las encontradas en Melilla son similares en la me- trolog¡a y en tipos a las de la Pen¡nsula, aunque pode- mos establecer la siguientes diferencias: 1¦ La figura del anverso es invariablemente femenina (nunca es var¢n) y los rasgos var¡an desde el perfil griego indoeuropeo a otros m s semitizantes. 2¦ En cuanto a los s¡mbolos coinciden tanto la palme- ra como la estrella de ocho puntas o disco solar. 3¦ Sin embargo, en las encontradas en Melilla apare- ce el caduceo que reemplaza en su funci¢n a la pal- mera y, sobre todo, un peque¤o brote de palmera (a veces semeja a una flor de lis) que emerge de la grupa del caballo y corresponde con la actitud re- trospicente de este que o bien la venera o hace ade- m n de com‚rsela. Esta simbolog¡a no aparece nunca en los hallazgos peninsulares. A la espera de un estudio m s profundo tenemos que recalcar la importancia que adquieren estas mo- nedas al constituir, al igual que las peninsulares, el £nico documento material de que disponemos para reconstruir un per¡odo hist¢rico decisivo para la his- toria de la Pen¡nsula, para la historia de Melilla y el norte de Africa y para la historia del mundo Medite- rr neo. A falta de restos arqueol¢gicos, pues la em- presa barcida fue un simple episodio militar, la numis- m tica, una vez m s, viene a llenar un vac¡o hist¢rico. FUENTES ARQUEOLOGICAS En Melilla desde 1904 a 1918 tuvieron lugar unas exca- vaciones, dirigidas oficialmente por don Rafael Fern ndez de Castro, en las que se encontraron tumbas conteniendo restos p£nicos. Dichas excavaciones, a juicio del Dr. Tarra- dell, lamentablemente no se hicieron recopilando los mate- riales pertenecientes a cada una de las tumbas, lo que nos impide fijar una cronolog¡a. Las conclusiones a las que ha llegado el sabio investiga- dor son las siguientes. 1.- Personalidad local, ya que los restos no coinciden to- (>. RELACIONES ENTRE NUMlSMATICA Y ETNO- GRAFIA Por £ltimo, cotejando los hallazgos numism ticos meli- llenses y los andaluces de la ‚poca fenicia en parang¢n con la etnograf¡a actual del pueblo ber‚ber, podemos sentar hi- p¢tesis de trabajo realmente sorprendentes: el pueblo be- r‚ber actual, del entorno de Melilla, perteneciente a las c - bilas del Rif y de Iqr'iyen, conserva costumbres e institucio- nes que se remontan a tiempos fenicios y cartagineses, has- ta tal punto que las distintas invasiones posteriores, inclui- das romanas y  rabes, no han conseguido erradicar lo fun- damental de la cultura feno-p£nica (no en vano el pueblo ber‚ber tiene fama de aferrarse a lo ancestral). Romanos y  rabes (y al decir romanos nos referimos al Bajo Imperio cristianizado) no hicieron, a nuestro enten- der, sino modificar, nunca destruir, el entramado y la es- tructura de la antigua cultura fenicia. ) Vamos a citar varios ejemplos sin llegar a ser exhausti- vos. Siguiendo la tesis del R. Raimond Jamous, cuando ana- liza las estructuras tradicionales en el Rif, nos encontramos que lo fundamental de estas estructuras coincide con el ner- vio de la organizaci¢n fenicia. El sentimiento del <>, por ejemplo, nos lleva a la forma de comportarse los carta- gineses cuando An¡bal jura por su <> odio eterno a los romanos. El sentimiento de la <> est  ya en los primitivos templos que fundaron los fenicios en Gadir y en Arcila y, presumiblemente, en Melilla la Vieja, donde que- da el recuerdo de su instalaci¢n en lo que queda del fuerte de la Concepci¢n. No vamos a terminar sin resaltar una de las actividades m s lucrativas que desarrollaron estos pueblos antiguos, que indudablemente tienen reflejo en la actualidad del en- torno melillense la comercializaci¢n de la sal. De todos es sabido el inter‚s que ten¡a el pueblo carta- gin‚s por la sal, de la cual llegaron a tener una especie de monopolio durante su ‚poca. Y es que, en el mundo anti- guo, como refiere Vila Valenti, adem s de sus usos dom‚s- ticos y comerciales, la sal ten¡a un s¡mbolo de fuerza, de sa- bidur¡a, de eternidad y, parad¢jicamente, en algunos ca- sos, incluso de esterilidad y de muerte. Sorprendentemente , tenemos cerca de Melilla una ex- plotaci¢n salina: la de la Mar Chica, que se remonta a tiem- po inmemorial y que, para nosotros, pertenece, sin duda, al primer milenio a. C. En las proximidades de Kariat tene- mos otras salinas que pueden responder a una poblaci¢n llamada Salinas y que aparece en el mapa geogr fico de M rmol, citado por Segarra. COROLARIO Si bien autores, como E. Gozalbes (Atlas Geogr fico del Rif Junio-Diciembre 1980) aseveran la poca o nula im- portancia que los fenicios daban a la costa africana durante los siglos V y IV a. C., disentimos en el caso de Melilla. A su vez importante nudo agr¡cola del cereal y la vid, tenemos que a¤adir la sal que abunda en la regi¢n (montes enteros de sal gema, y salinas marinas), as¡ como un mercado de fi- nal de las caravanas que ven¡an del Sud n y el SAHARA portando el dudoso oro que recuerda Herodoto IV 196 y el Marfil del Peudo-Scylax, 112, am‚n de la contrataci¢n de <> rife¤os. (>, en especial un plato con marca <> y monedas romanas dispersas constituyen un acerbo poco alentador en espera que futuras excavaciones alumbren el esplendor que a la ciudad le atribuyen las fuentes literarias. No olvidemos considerar como restos arqueol¢gicos de excepcional importancia, las numerosas  nforas sacadas del mar en el litoral melillense; encontr ndose la mayor¡a en manos de particulares. El  nfora ha pasado a ser emble- ma de la ciudad, un estudio de dichas  nforas dilucidar  te- sis contrapuestas; tales como la que asegura exist¡a un cir- cuito comercial en el mar de Albor n durante un Imperio cuyo epicentro ser¡a M laga, y la tesis contraria afirmando que el comercio ten¡a una sola direcci¢n cuyo flujo ser¡a Este-Oeste, es decir, Roma-Mauritania. De todos modos en una u otra tesis, Melilla tuvo que jugar un papel impor- tante en los circuitos comerciales de la ‚poca romana. Actualmente, la existencia en su entorno de alfarer¡as tales como la de Beni-Sidel (su t‚cnica se remonta a ‚pocas fenicias y romanas) nos permite considerar a ‚stas como re- siduales de las numerosas que hubo en la zona, dada la ne- cesidad que exist¡a de objetos cer micos para transporte del vino y trigo mauritano, y sobre todo del salaz¢n; pro- ducto del que nos hablan constantemente los autores cl si- cos como proveniente de MAURITANIA. La existencia de una v¡a romana (la da como segura el P. Fidel FITA) que discurr¡a desde el cabo de Tres Forcas (RUSSADI), bajando hacia Melilla (RUSSADIR COLO- NIA) y prosegu¡a su curso hacia las Chafarinas (Ad tres in- sulas), debe decirse que c¢mo tal, no ha podido ser consta- tada. Ni uno de los 80 milliarios que se ergu¡an a lo largo de la presunta calzada romana ha sido hallado. Ninguna inscripci¢n en la que aparezca el nombre de la COLONIA RUSSADIR (Melilla) con el sobrenombre de FLAVIA, que probablemente tuvo, ha sido encontrada. FUENTES HISTORICAS La historiograf¡a moderna, en especial la marroqu¡, es parca en lo referente a la zona del Rif y Melilla. TERRASE (HISTORIE DU MAROC, CASABLANCA 1949) niega que los romanos ocuparan la zona del Rif, podr¡a tener sen- tido en lo que se refiere a la zona interior del Rif, pero no sirve para la zona litoral ya que nos consta positivamente su ocupaci¢n; mediante la cual Melilla tambi‚n se vio bene- ficiada de la Romanizaci¢n. Si admitimos que los romanos no llegaran nunca a ocu- par el Rif y negamos la existencia de una v¡a romana en el Sur Rife¤o, el controvertido corredor de TAZA, entonces tendr¡amos que concluir el papel transcendental que tuvo que jugar Melilla-RUSSADIR en la comunicaci¢n entre las dos MAURITANIAS: la CAESARIENSE y la TINGI- TANA. Sin duda esta es la raz¢n de la cita que hace el <>, cuando describiendo los puestos existen- tes entre TANGER Y CARTAGO (a TINGI, litoribus us- que ad Portus Divinus) coloca a RUSSADIR d ndole la ca- tegor¡a de Colonia. Dada la escasez de las fuentes nos vemos obligados a re- sumir el papel que pudo jugar Melilla en los largos seis si- glos de dominio romano; resaltamos las siguientes etapas: Siglos II y I a.C. Durante la dinast¡a de los BOCCHUS, reyes maurita- nos, tiene lugar la guerra de Yugurta (118-81 a.C.), Salus- tio nos relata en el cap¡tulo 92 sucesos ocurridos en las pro- ximidades de Melilla y que tuvieron como protagonistas a Yugurta rey de Numidia, BOCHUS rey de Mauritania y el TRIUNVIRO Mario. Un precioso As uncial, acu¤ado entre 167-155 a.C. en- contrado en agosto de 1983 en el casco melillense y que obra en mi poder constituye un argumento valioso de este suceso. No olvidemos la recluta de mercenarios rife¤os en la cual actuaban tanto p£nicos como romanos y que se re- petir  cual constante a lo largo de toda su historia. Siglo I a.C. Si bien durante la Rep£blica Romana, las relaciones con la zona Norteafricana han sido predominantemente de ¡ndole militar, durante el imperio ‚stas se ampl¡an. El <> que ejerci¢ Roma en Mauritania durante la dinast¡a de los BOCCHUS (Boccus el viejo, 118-81 a.C.), BOGUD (81-49 a.C.), Boccus el joven (49-33 a.C.), JU- BAL (25 a.C.-23 p.C.) y PTOLOMEO (23-40 p.C.); fina- liz¢ con el asesinato de Ptolomeo en tiempos de Cal¡gula. El emperador Claudio divide en dos la Mauritania: la Tingitana y la Caesariense: la capital de esta £ltima se loca- liz¢ no lejos de Melilla, en la actual CHERCHEL (de (>. Este hecho me- rece ser resaltado ya que es la primera vez que se relaciona a Melilla con Espa¤a hist¢ricamente (HISPANIA TINGI- TANA) y sobre todo el sentido de unidad pol¡tica que Roma quiere dar al Mar de Albor n con esta nueva divisi¢n administrativa. Unidad pol¡tica que perdurar  con m s o menos altibajos, constituyendo una <> hasta la toma de Granada por los Reyes Cat¢licos. A partir de entonces se dar  una ruptura que deploran algunos in- signes historiadores. MELILLA Y EL CRISTIANISMO El problema de la Melilla cristiana est  ¡ntimamente li- gado al de la Melilla <>. Uno y otro fen¢meno han estado ¡ntimamente conexio- nados especialmente en el Bajo Imperio Romano. Enume- remos una serie de datos constatados por eminentes inves- tigadores : 1§) Resistencia a la Romanizaci¢n en el Norte de Africa en general protagonizada por el pueblo bereber. Hemos anotado ya un repliegue general romano en el siglo III hacia el N.O. marroqu¡. Rusadir obtuvo colonias que defendieran el  ngulo este de la triangulaci¢n defensi- va que se establecer¡a en la Mauritania: TINGI-VO- LUBILIS-RUSSADIR. Tambi‚n se especula en este tiempo con otro tri ngulo defensivo de la pen¡nsula de Tres Forcas: CAZAZA-TAXUDA y RUSADIR. 2§) Dificultosa y tard¡a penetraci¢n del cristianismo en la Mauritania Tingitana, a pesar de la tesis contraria que defiende la dependencia del cristianismo peninsular del africano: este caso ser¡a aplicable a Cartago cuyo obispado influ¡a en todo el Mediterr neo occidental. 3§) La cristianizaci¢n como fen¢meno cultural que era, afectaba fundamentalmente a las ciudades y a sus cla- ses humildes. 4§) Las comunidades jud¡as ayudaron al principio a su ex- pansi¢n, pero en el siglo III ambas religiones entran en colisi¢n. En virtud de estos principios, Melilla profundamente colonizada por fenicios y posteriormente romanizada, tuvo que ser a su vez tempranamente cristianizada. No as¡ su entorno bereber: el pueblo rife¤o-bereber fue influenciado indudablemente por la colonizaci¢n fenicia de la que hoy d¡a conserva usos y costumbres: el mismo origen oriental de fenicios y bereberes, as¡ como el m‚todo de ¢s- mosis pac¡fico cultural practicado, constituy eron factores favorables. El militarismo de cartagineses y romanos fue rechazado como incompatible con el sentimiento de libertad que ha animado siempre a este pueblo. Desconocemos la existencia de una comunidad jud¡a en nuestra ciudad, si bien la presumimos a partir de la di spo- ra hebrea del a¤o 70 p.C., pues su presencia se hace notar en los puertos mediterr neos y ciudades tingitanas (TIN- GI-SALA y VOLUBILIS). Tampoco Melilla en ‚ste, como en otros casos, a diferencia de las ciudades hermanas mauritanas, se ve favorecida por la arqueolog¡a y la epigra- f¡a (no ha sido hallada ninguna inscripci¢n cristiana). Las fuentes hist¢ricas, aunque no se muestran genero- sas, nos aportan un dato sumamente valioso: en el siglo IV p .C. entre los obispos que firman las actas en los concilios norteafricanos, figuran las que ostentan las sedes de RHY- SADIRUM y RUSADIR. Toda una serie de autores que han investigado el tema (MORCELLI, MAS LATRIE, BESNIER, LOPEZ, KOEHLER, THOWENOT, etc.) est n de acuerdo en identificar RUSADIR con MELI- LLA, como di¢cesis perteneciente a la Tingitana en el S. IV p. C. A RHYSADIRUM o bien la identifican como RUSA- DIR o pertenece a una di¢cesis desconocida: De 24 sedes atribuidas a la Tingitana los investigadores aludidos acep- tan s¢lo 7, incluyendo en este n£mero a RUSADIR-ME- LILLA. Presumimos que el obispado melillense contin£a duran- te varios siglos hasta la invasi¢n  rabe. La menci¢n del nombre de RUSADIR en el THRONUS ALEXANDRI- NUS del S. VII lo confirma. Melilla es una de las 4 sedes a las que ha sido reducida la di¢cesis tingitana de las 7 que las integraban en el siglo IV. Conocemos un solo nombre de los numerosos obispos melillenses IDONIUS, ep¡scopus RUSADITANUS. (Maier coloca la sede episcopal en RUSSAZIS, actual AREFTOUM en Argelia. THOUVENOT defiende ar- dientemente la sede melillense y nos da la noticia de que un obispo de Melilla (su nombre es desconocido) fue desterra- do por el rey v ndalo HUNERICO en el a¤o 484 p.C. De este suceso ha surgido la idea de la presunta destruc- ci¢n de Melilla por los VANDALOS, se trata de una HI- POTESIS no confirmada, pues tres siglos m s tarde la di¢- cesis melillense segu¡a teniendo obispado. La cristianiza- ci¢n de Melilla tuvo que ser profunda a juzgar por los varios siglos que perdur¢ la sede episcopal, presumiblemente has- ta la llegada de los  rabes. Desconocemos la influencia que pudo tener el obispo-inspector melillense en las c bilas be- reberes rife¤as. Se ha especulado con la cruz que graban ac- tualmente sus mujeres en la frente: esta pr ctica constituye una inc¢gnita a esclarecer. Esto es todo lo que sabemos, poco en verdad, pero no es nuestro objetivo abrumar con especulaciones. Y concluimos este cap¡tulo identific ndonos con E. GOZALBES en sus conclusiones sobre el Cristianismo en Mauritania Tingitana. En el norte de Africa, seg£n avanza- mos hacia el Occidente, el cristianismo decrece en impor- tancia (en Cartago fue boyante). En general hacia el occi- dente africano, el grado de romanizaci¢n disminu¡a paula- tinamente. As¡, en el norte de Africa el desarrollo del cris- tianismo aparece ligado al grado de romanizaci¢n, esto es cuanto m s romanizada estaba una provincia, mayor facili- dad se presentaba all¡ para la extensi¢n del cristianismo. El caso de la Tingitana (Melilla se incluye en ella) es el de una provincia escasamente romanizada. En consecuen- cia, el cristianismo ser¡a aqu¡ un fen¢meno muy mediocre, y sobre todo, extraordinariamente tard¡o. Esto explica tambi‚n el que inicialmente tuviera una mayor expansi¢n entre las tribus bereberes que entre los propios habitantes de las ciudades. (> aplicado a un largo per¡odo de m s de tres siglos, de la Historia de Melilla, vie- ne dado por la falta total de documentos escritos, epigr fi- cos, etc., que nos den luz sobre este par‚ntesis de oscuri- dad. Las dos £ltimas noticias de la Edad Antigua melillense son: La tr gica aparici¢n de los VANDALOS en la ciudad en el a¤o 484 de nuestra era, y la consiguiente expulsi¢n de su obispo Idoneo, y la que nos proporciona el THRONUS ALEHXADRINUS, noticia fechada en el S. VII, por la que sabemos acudi¢ a Cartago un obispo de Rusadir. Los ej‚rcitos procedentes del Oriente, de BIZANCIO y los que a trav‚s del estrecho esta vez de la ESPA¥A GODA, ocuparon el Norte de Africa, no nos aportan in- formaci¢n alguna sobre su actuaci¢n en Melilla. Es muy probable que cabalgaran cerca de sus murallas (si no esta- ban ya derribadas), esquiv ndolas. Historiadores africanos de la categor¡a de IBN AL FA- RADI (S. X), AL-HUMAYDI (S. XI), AL-DARBI (S. XII) de EL BEKRI, EL IDRISI (S. XII), IBN BASKU- WAL (S. XII), IBN-AL-ABBAR (S. XIII), IBN JAL- DUN (S. XIII), RUDH EL KATAS, EL GARNATI (S. XIV), por citar los m s antiguos y pr¢ximos a los hechos, no ofrecen a juicio de los investigadores modernos, noticias referentes a nuestra ciudad a pesar de que las aportan en abundancia de otras ciudades del Rif. La historiograf¡a  rabe moderna observa el mismo si- lencio . Entre los historiadores espa¤oles, todos modernos, in- teresados en el tema norteafricano, LEON GALINDO y DE VERA (1861) recogiendo noticias de procedencia  ra- be, cita a la ciudad de MELELA como una de las que su- frieron el yugo de los godos, y a la ciudad de CAZAZA cer- cana a aquella, como reconstruida por los mismos. (Los fi- l¢logos niegan la identificaci¢n de MELELA-MELILLA). El historiador local RAFAEL FERNANDEZ DE CAS- TRO, en <> narra como <>, pero no cita las fuentes. asimismo elucubra sobre la importancia de Melilla en esta ‚poca y su incorporaci¢n m s tarde al Reino bereber del NEKOR. Si la historia de Melilla qued¢ enmudecida estos a¤os, la del Rif se muestra trepidante: visigodos y bizantinos la recorren en uno y otro sentido, la saquean, reclutan merce- narios como todos sus antecesores, en una palabra la empo- >. Argumento en pro de esta buena acogida es la no existencia de minor¡as cristianas, fen¢me- no que se dio en el L¡bano, Siria (nestorianos), Egipto (coptos) al ofrecer resistencia al Islam. Los historiadores  rabes propician esta interpretaci¢n, si bien consideran a los bereberes como aut‚nticos <> del Islam, pero nunca <> a ‚l: abrazan el jariyismo, doctrina m s acomodada a su sentido de la libertad y rechazan la doctrina CHIITA y SUMNITA. Sabemos que bereberes rife¤os al mando de otro bere- ber: TARIK penetraron el a¤o 711 en la Pen¡nsula en n£- mero de 7.000 de los que 300 solamente eran  rabes: sin duda muchos de ellos presumimos eran originarios de la re- gi¢n de Melilla; es una prueba m s de la aceptaci¢n de la fe isl mica y de su esp¡ritu proselitista. Tambi‚n tenemos constancia de que el superviviente de la matanza de los abasidas, un omeya de nombre ABD- ER-RAHAMAN, el a¤o 756 se embarca en un puerto de la regi¢n de Melilla con ruta a Almu¤‚car donde sus parti- darios lo trasladaron a C¢rdoba para proclamarle <> independiz ndose espiritualmente de Bagdad. Los normandos saqueaban y arrasaban la ciudad del NEKOR en el a¤o 860 (seg£n ISMAEL HAMET) ciudad cercana a Melilla. Estas noticias hist¢ricas son las £nicas que hemos podi- do rastrear a lo largo de esta <>, en las que no aparece en absoluto, el nombre ni de Rusadir ni de Melilla. Puestos, a encontrar razones de esta omisi¢n, pod¡an servir las siguientes: a) El ascenso de ciudades aleda¤as a Melilla tales como CAZAZA (en  rabe ALCUDIA) y TAXUDA; su pro- tagonismo hist¢rico, reducido en ‚poca romana, super¢ a RUSADIR a lo largo de los siglos de dominio  rabe: CAZAZA: -puerto, captura la funci¢n comercial del PORTUS RUSADITANUS, en el siglo XIV, y la forta- leza de TAXUDA supera por su emplazamiento m s al interior a la <>. Sin embargo hoy ambas ciudades conservan s¢lo rui- nas y Melilla est  floreciente. > ha encontrado la raz¢n de su existencia; con la llegada de los  rabes que desconoc¡an, como hombres del desierto que eran, la utilidad de la vida marinera, Melilla o desa- parece y permanece adormilada. Despertar  y resucita- r  cuando el califato cordob‚s construya una escuadra, y ABD-ER-RAHAMAN III piense en reconstituir el comercio mediterr neo del mar de Albor n; su flota se (>, la ciudad vuel- ve a mirar al mar, se encierra en s¡ misma y se convierte en ciudad-isla. Las corrientes culturales dif¡cilmente le afectar n y ella encontrar  dificultades en proyectarse hacia los dem s. () LA MELILLA MUSULMANA Hemos preferido denominar <> a los pri- meros siglos de la ocupaci¢n del Rif por los musulmanes, ya que Melilla no <> para nada en las fuentes hist¢ri- cas. Todo lo que se diga sobre este per¡odo es pura especu- laci¢n. Especulaci¢n es suponer que Melilla fue el puerto del Reino del NEKOR formado en el siglo VIII como inde- pendiente con la dinast¡a de los BNUSALIN (750-900), MEZENMA, cercana a la actual ALHUCEMAS sirvi¢ de puerto para el Reino. Nos imaginamos a una Melilla derruida, habitada por bereberes n¢madas, algunas <> sedentarias dedica- das a la pesca, mientras a su alrededor gentes n¢madas la repasan esquiv ndola una vez m s. Recalcaremos que la Historia de Melilla gira 180ø en la etapa musulmana: Melilla deja de mirar al mar, y es solici- tada por gentes de TIERRA adentro. Ej‚rcitos fatimitas, almor bides, almohades y benimerines, tropas del Reino de de Fez y Tlemecen, am‚n de las mismas c bilas de los BENI-OURTEDI y BETOYA la reedificar n para de- rruirla una y otra vez. Melilla usando el lenguaje b¡blico es tratada como una <>, es la sensaci¢n que sacamos de la historia trepidante de la ciudad durante estos a¤os de 927-1497. Entramos ya en la nueva historia de Melilla cuan- do declina el Reino del Nekor aliado ‚ste del Reino Omeya de C¢rdoba y cuando ‚ste acude en ayuda de aqu‚l nos en- contramos en que la flota de ABD-ER-RAHAMAN III se fija en Melilla. >. El nuevo AMIR-AL-MUMININ o pr¡ncipe de los creyentes no se separa de la dependencia espiritual que te- n¡a con el Califa de Bagdad. ABD-ER-RAHAMAN, seg£n el BEEKRI, historia- dor cercano a los hechos (el relato es del a¤o 1068), la em- bellece rode ndola de una muralla de piedra, construye una ciudadela interior con su mezquita alminada, su ba¤o e incluso la dota de bazares. La ciudad una vez embellecida, ABD-ER-RAHA- MAN , se la entreg¢ a su compa¤ero de armas, MOOSSA- IBN-L' AFIYA. Tan hermosa deb¡a estar la ciudad que me- reci¢ los versos del poeta ES-RAZI, quien ensalza <>. <>, sigue narrando El Bekri. Melilla gracias al califa espa¤ol recobra su antiguo es- plendor y comienza su competencia con las ciudades aleda- ¤as, Cazaza y Taxuda a las que llegar¡a a superar. El a¤o 931 es codiciada por un aventurero, un edrisita de nombre AL HASSANI (seg£n IBN-HAWKAI) quien expulsado de Tlemecen se refugia en Melilla y la saquea y luego la for- tifica (curiosamente EL GARNATI dice que Melilla era <>), y no contento con el bot¡n de Me- lilla se dirige a Fez, que a su vez la conquista, despu‚s de vencer al Gobernador, pero finalmente es derrotado a su vez. Este saqueo est  documentado en otros historiadores, as¡ IBN-ABI-ZAR Melilla retorna a la soberan¡a Omeya y Abderrahaman III nombra el a¤o 937 como Cad¡ de ella a AHMAD-IBEN-AL-PATH. Este personaje es el £nico melillense entre los innume- rables hombres cultos, cient¡ficos y poetas que acud¡an a C¢rdoba durante el Califato, y recogido por el historiador IBN-AL-F ARADI, dice textualmente: <>. La pol¡tica centralista de Abderrahaman y la inseguri- dad de la zona del Muluya se pone de manifiesto en este episodio del Cad¡ melillense, hombre culto que huye de la ciudad, debido a la tensi¢n b‚lica, y se refugia en la capital del Califato para retornar a Melilla una vez que Abde- rrahaman, seg£n AL-MOU TABIS V, <> (IBN HAYYAH). Desconocemos la relaci¢n que tenga el personaje falle- cido con otro de igual nombre y apellido que EL GARNA- TI, nos lo coloca como reinando en Fez y gran parte de Ma- rruecos el a¤o 931. Resumiendo este breve y rutilante per¡odo omeya, di- remos que la ciudad goza de variadas funciones: <>. EL GARNATI, refiri‚ndose al a¤o 996 dice <> testimonios que confirman el apelati- vo de MELILLA idrisita. c) Tanto IBN HAWKAL cuando nos dice que <> del visitante, ‚ste es prota- gido pero tambi‚n inspeccionado y supervisado por aqu‚l. Al final pagar  una recompensa y un regalo como indemni- zaci¢n por gastos de alojamiento. En Melilla se usaba en estos a¤os una medida de capacidad: el MUDD, el mismo que se utiliza actualmente en NADOR. El 2§tercio del S. XI, el reino Ichisita de Fez, el de NA- KUR al igual que el califato omeya del AL-ANDALUS con la muerte de AL-MANZOR, se desintegra en peque- ¤as unidades pol¡ticas llamadas <>, o reinos de TAIFAS. Melilla cuenta en 1067 con un REINO IDRISITA, cuyo soberano se llam¢ MOHA- MED IBN IDRIS, reconocido como tal por las cabilas de los BENI OURTEDI que pueblan la regi¢n melillense: vi- v¡a modestamente en Almer¡a (MICHAUX BELLAIRE) y fue requerido por los BENI-OURTEDI, a fin de que ase- gurara la paz y prosperidad de la ciudad y la regi¢n en cali- dad de rey. Los tiempos calamitosos exig¡an un caudillo. Todos estos avatares guerreros influyeron negativamente en la ciudad y no contribuyeron a levantarla de la postra- ci¢n en que IBN HAWKAL la describ¡a hacia el a¤o 970. <>. Nos resistimos a omitir una noticia biogr fica que nos aporta IBN BASKUWAL sobre un melillense que lleg¢ a C¢rdoba el a¤o 1004 y muri¢ en 1011: <>. Esta jugosa cita nos deja con la duda de saber si <> la hab¡a adquirido en Melilla de donde ‚ra natural, lo que ser¡a indicativo del <<¡ndice cul- tural>> de la ciudad. (> (D. SALAH FADL). 2§. Evidentemente dentro de estas coordenadas, pro- pias de imperio terrestre, la importancia de Melilla decaer  pues su puerto no es la pieza clave de otros siglos, en el mar de Albor n (mar que ser¡a v¡a de uni¢n entre ambas m r- genes). El cord¢n umbilical que une en estos a¤os Africa a la Pen¡nsula es el Estrecho de Gibraltar; y sobre los puertos del estrecho gravitar¡a la geo-pol¡tica de almor vides y al- mohades. Signifiquemos, no obstante, que Melilla formar  parte del mismo conjunto pol¡tico-religioso que la Pen¡nsu- la. 3§. Melilla que es bifrente, una cara gira al mar y otra a la tierra, hecho ya suficientemente recalcado, le tocar  vi- vir en estos a¤os intensamente, las rivalidades y ambiciones que nacen de una fe religiosa de tono excitadamente m¡sti- co. Ambas formaciones pol¡tico-religiosas bereberes, que profesan el jayirismo (doctrina contraria al chiismo y al sumnismo que profesan los  rabes orientales), ven en el go- bierno de los omeyas una dictadura que ha corrompido el Islam y est n dispuestos a restablecer su pristina pureza. Abandonan Fez, la capital del reino de los Idrisitas (funda- da por Muley Idris en el S. IX) y fundan MARRAQUEX, en pleno desierto de donde creen aspirar el aire puro que ellos pretenden insuflar en el Islam: ellos se consideran <> <>. Y de ning£n modo su pre- tensi¢n es formar una nueva religi¢n; el imperio democr - tico y libre que ellos pretenden instaurar se ajusta mejor al ideal isl mico: Los fatimitas predicaban la discriminaci¢n de razas seg£n ellos. Estas doctrinas tienen su comienzo en las predicaciones de estudiantes de la Mezquita de C¢rdoba (seg£n la tradi- ci¢n) y adquieren dimensi¢n pol¡tica cuando prendan en l¡- deres guerreros tales como JUSUF-IBN-T ASFIN el AL- MORAVIDE (el Santo), y el <> de las cr¢ni- cas cristianas. Este caudillo parte de Marruecos la nueva capital acom- pa¤ado de un variopinto ej‚rcito de guerreros y te¢logos que conquistan Fez el a¤o 1081 (seg£n IBN-ABI-ZAR) y llegan hasta T nger. Mientras sus tropas ponen sitio a CEUTA <>: <>. Esta descripci¢n de la ciudad de EL IDRISI en el S. XII coincide con la anterior del S. X de IBN HAWKAL, en re- saltar dos caracter¡sticas que Melilla va a conservar hasta el siglo XX. La solidez de sus murallas y el tesoro que supo- nen los pozos o manantiales de agua potable: dos factores imprescindibles para asegurar la inexpugnabilidad de la ciudad. Curiosamente AL-OMARI en el siglo XIV repite la descripci¢n que de la ciudad hace EL IDRISI, y a¤ade un detalle interesante que pagaba 30.000 dinares de impuesto al Estado Central igual que CAZAZA imperios comercia- les de la ‚poca. A principios del siglo XIII Melilla espor dicamente es noticiable entre los historiadores YAISF, gobernador del RIF, en nombre del almohade AL-NASIR, reconstruy¢ en 1204-5 los muros de Melilla que hab¡an quedado derruidos en las rivalidades anteriormente citadas. EL GARNATI, cita a Melilla conjuntamente con HO- NEYN, BADIS Y CEUTA. IBN SAID AL MAGRIBI, se limita a citar en el S. XIII la ciudad. La duda que nos queda referente a este per¡odo almor - vide-almohade es la de si el Rif en general y particularmen- te Melilla estuvieron sometidos establemente a dichos im- perios o su dominio se ejerci¢ de forma espor dica. MELILLA BENIMERINA O MERINIDA A finales del S. XIII Melilla es noticia en la monumental <> del gran historia- dor IBN SALDUN: Melilla es mencionada una sola vez. Relatando la expedici¢n que el sult n ABU YUSSEF YA- KUB (1258-1285) realiz¢ sobre la costa norte de Marruecos y destac¢ su comandante HARUM, <>: este suceso tiene lugar en agosto de 1272. El Imperio BENIMERIN muestra su inter‚s por Meli- lla una vez m s; estos pueblos belicosos sue¤an con ciuda- des amuralladas y Melilla posee en estos a¤os uno de los mejores recintos amurallados de la costa rife¤a. Tambi‚n se establecieron en la fortaleza de TAXUDA desde donde atacaban a los almohades por el boquete de TAZA. Causa extra¤eza la descripci¢n que BADISI hace de esta regi¢n recorrida por un <> musulm n hacia el a¤o 1311 por nombre ABU ISHAR IBRAIM AL HAT- TAL: <> y el GARET: es un pa¡s espantoso en el que abun- dan los animales salvajes y est  aislado de las zonas pobla- das , sin que falte por encontrarse en ello bandidos, as¡ como cristianos que vienen del mar para situarse en embos- cada con lo que s¢lo un grupo numeroso de personas puede atravesarlo... el desierto es de 40 millas, comienza en la frontera de MELILLA...>> (Ciertamente el sur del Gurug£ siempre ha ofrecido un aspecto des‚rtico en contraste con el oasis de FARHANA y Melilla). (P34) MELILLA Y EL COMERCIO CATALO-ARAGONES DEL SIGLO XIV El reino de Arag¢n y la dinast¡a de Fez firman en 1308 un tratado de Paz. Entre las contrapartidas est  la cesi¢n del puerto de Melilla a Arag¢n. Esta es una de las pocas no- ticias que tenemos de la ciudad referentes a este siglo y nos permite deducir el relativo auge comercial que cobr¢ Meli- lla dentro de los circuitos, flujos y rutas comerciales que es- tablecieron los monarcas catalano-aragoneses a todo lo lar- go y ancho del Mediterr neo. La talasocracia que consi- guieron estos reinos peninsulares fue un hecho que les per- miti¢ acu¤ar la famosa frase de <>. En verdad es CAZAZA, al oriente de la Pen¡nsula de TRES FORCAS la que captura el flujo comercial de la zona citada por EL BEKRI como perteneciente al reino de NAKUR, tambi‚n es citada en el siglo XIV por IBN JAL- DUN y por OMARI en multitud de ocasiones; seg£n este £ltimo su nombre es KUPYAT EL BEIDA esto es <>. Con el nombre de Alcudia es conocida por los pa- trones catalanes que comerciaban con ella (se conocen m s de 14 nombres); sabemos que la visitaban desde 1272. Los sultanes y visires la eleg¡an (seg£n IBN JALDUN) como punto de embarque hacia Mallorca y la Pen¡nsula: A CA- ZAZA (ALCUDIA) lleg¢ el destronado Boabdil el Chico, £ltimo rey granadino. ALCUDIA tiene una aduana musul- mana al igual de TANGER, CEUTA, ORAN, TUNEZ, etc. lo que le permite recalar en ella a los nav¡os cristianos. Pero CAZAZA, su puerto, ten¡a un grave inconvenien- te, ya dicho, cuando soplaban los vientos de Poniente. Qui- z  sea ‚sta la raz¢n de que Melilla figure en un documnento del Archivo de la Corona de Arag¢n; se trata de un proyec- to de puerto <> a construir en Melilla en 1318. Un pa- tr¢n catal n por nombre OTGER BOTER comerciaba en Melilla al tiempo que lo hac¡a en Cazaza en estos mismos a¤os. Si bien a la vista de la documentaci¢n existente la im- portancia de Cazaza como puerto es muy superior al de Melilla, causa extra¤eza, sin embargo, cuando OMARI la iguala con aquella en el pago de impuestos: 30.000 dinares, el 3% del total; cifra igual a la que pagaba TAZA y MEZE- MA y cinco veces m s que BADIS importante puerto co- mercial del Rif. EL PORTULANO MALLORQUIN en PHILESIUS, de 1513, coloca a Melilla delante de CAZA- ZA.Y, ya que hablamos de portulanos, al menos ocho car- tas n uticas nombran a Melilla: PISA (S. XIV) 2/ VIS- CONTE (1311-1320) 3/ DULCERT (1319) 4/ ATLAS TAMMALUXORO 5/ ATLAS CATALAN (1375) 6/ ATLAS PINNELLI (1384) 7/ Hos. PIZZIGONI (1367) 8/ CARTA HAFRELIN A. Conviene recalcar que en estos a¤os es el r¡o Muluya la frontera que separa el Estado Merinida de FEZ del recinto de BENI-ZIAN de Tlemecen, con lo que Melilla pasa a ser ciudad fronteriza, hecho que tendr  como secuela m£lti- ples guerras que al parecer obligar  a sus habitantes a aban- donar la ciudad, circunstancia ‚sta que fue aprovechada por los espa¤oles que se apoderaron definitivamente de ella. Y ya durante el S. XV hasta la ocupaci¢n espa¤ola care- cemos de noticias excepto la que nos da ISMAEL HA- MET, al comentar las actividades de los piratas musulma- nes, escribe <>. > <> y tambi‚n os- tras perl¡feras. En cuanto a la URBANIZACION de Melilla en el siglo XV, no existen planos a diferencia de otras ciudades del Mogreb . Le¢n el Africano cont¢ 2.000 hogares y M rmol Carva- jal eleva el n£mero a lO.000 casas, a todas luces exagerado. Rehecha la ciudad mil veces, la arqueolog¡a poco puede decir ya que los materiales de deshecho se empleaban en las nuevas construcciones. Solamente restos de lo que pudie- ran ser silos hemos vislumbrado en el foso del Hornabeque y en la carretera de subida al Parador de Turismo, muy poco para una historia tan larga como la que discurri¢ para Melilla. EL FINAL DE LA CIUDAD MUSULMANA Y EL INICIO DE LA CRISTIANA LAS FUENTES En el caso de Melilla, el hecho puramente anecd¢tico del cambio de due¤o, o dicho sin eufemismo, de su con- quista, lo hemos anotado m£ltiples veces. Sin embargo nunca ha tenido tantos notarios que lo testifiquen como el £ltimo ocurrido en el a¤o 1497, a¤o que marca el EPILO- GO de una ciudad, la musulmana, y el PROLOGO de otra, la cristiana-espa¤ola. Entre las fuentes espa¤olas m s cercanas a los hechos anotados : l. <> de Pedro de Medina. 2. <> (1540), de Pedro Barrantes. 3. <>, de JERONIMO de Zurita. 4. <>, de Andr‚s Bernaldez. 5. <>, de Lorenzo de Padilla. Entre las <> citamos dos: l. <>, de Le¢n el Afri- cano. 2. <>, de L. MAR- MOL CARVAJAL (la denominaci¢n de <> se refiere a las fuentes en que bebieron). De las siete fuentes no hay ninguna aut‚nticamente mu- sulmana. Todas ellas tienen un solo punto de coincidencia: la ciudad estaba VACIA en el momento de su ocupaci¢n por los espa¤oles. Matizando, algunas a¤aden que sus MURA- LLAS estaban derruidas y sus viviendas hab¡an sido presas del fuego destructor. ¨Se deduce de este hecho, que los espa¤oles ocuparon una tierra sin due¤os, <>? No parece justificada tal deducci¢n ya que si la ACROPOLIS perma- nec¡a deshabitada, no es as¡ su entorno que estaba muy po- blado. Las discrepancias de las FUENTES comienzan: 1) Al fijar la fecha del desalojo de la ciudad: Mientras que las fuentes marroqu¡es afirman que la destrucci¢n y consiguiente abandono tuvo lugar en 1497, al poco de conocerse la llegada de la flota andalu- za del Duque de Medina Sidonia, las cristianas, la presu- ponen abandonada a¤os antes. 2) Sobre la AUTORIA de su derribo, unos aseguran que fueron los habitantes <> (Barrantes y Medi- na) o el gobernador del rey de Fez (Le¢n el Africano). 3) La discrepancia mayor est  en las RAZONES o CAU- (> entre el recinto de Fez y Tlemecen, y la <> de su Gobernador, abandono forzoso impuesto por el Rey de Fez, por citar algunas. De todo el c£mulo de noticias que prolijamente nos aportan las fuentes, espigamos aquellas que nos parecen explican o justifican mejor, tanto el abandono como la ocu- paci¢n: a) El reino de Fez del cual depend¡a Melilla atravesaba una crisis muy profunda en el S. XV y era presa de la codicia portuguesa (conquista de Ceuta) y lo ser  pronto de la castellana. b) Tambi‚n Melilla hab¡a entrado en un proceso de deca- dencia, inverso al ascenso de Cazaza, y su debilidad mani- fiesta por el estado de ruina en que aparecieron sus mura- llas, era una tentaci¢n a potencias que, como Castilla, bus- caban una ocasi¢n propicia para poner un pie en Africa. c) La necesidad de reconciliarse con su Rey que sent¡a el Duque de Medina Sidonia, encontr¢ la ocasi¢n en la conquista de una plaza estrat‚gica como era Melilla, y ofrec‚rsela al ofendido Rey Fernando como prenda de paz (sirvi¢ a la vez de compensaci¢n al dolor que sufrie- ron los reyes por la p‚rdida de su £nico hijo var¢n D. Juan). A estas razones externas podemos a¤adir otras de ¡ndo- le interna, as¡: 1) Las tensiones entre los habitantes de la Ciudad y su Go- bernador que al parecer llegaron a extremos tales como negociar su entrega a los castellanos. 2) El cansancio natural que originaban las razzias entre ambos reinos fueron determinantes de la poca oposici¢n que ofrecieron con motivo de la ocupaci¢n de la Ciudad, si bien algunos de los relatos ponen especial ‚nfasis en las circunstancias de nocturnidad y enga¤o, tal como Barrantes, cuya cr¢nica no podemos menos que trans- cribir: <>. 3) La versi¢n de Pedro de Medina es bien distinta: <>. 4) El mismo sentido incide Andr‚s Bernaldez: <>. 5) Y la versi¢n de Le¢n el Africano: <>. La noticia de la conquista de Melilla narrada en estas tres versiones distintas, llen¢ de alegr¡a a los Reyes Cat¢li- cos al tiempo que produjo estupor en las c bilas vecinas e intranquilidad en la Corte de Fez. LA MELILLA ESPA¥OLA 1497. LOS PRIMEROS PASOS DE ESPA¥A EN EL NORTE DE AFRICA Cuando en la oscura noche del 17 de septiembre de 1497, cinco a¤os despu‚s de la toma de Granada por los Re- yes Cat¢licos, quinientos infantes del tercer duque de Me- dina Sidonia ponen el pie en la silenciosa roca que en su d¡a alberg¢ a la antigua poblaci¢n de Melilla, se pone un punto y aparte en la historia discurrida hasta entonces en el terri- torio que gobierna el aislado pe¤¢n mediterr neo. Se culminaba as¡ un proceso no lejano en el que Melilla interven¡a como una continuaci¢n de la pol¡tica de los Re- yes tras el desalojo de los £ltimos musulmanes de la pen¡n- sula espa¤ola. No hay raz¢n para afirmar que esta pol¡tica fuera la de una posterior expansi¢n por el norte de Africa prolongando la Reconquista al otro lado del estrecho; me- jor hemos de creer, como el profesor Valde¢n afirma, que si el Africa se hac¡a atractiva a los ojos de los Reyes Cat¢- licos desde el punto de vista pol¡tico, era para <> (1). Quiz  a esta raz¢n predominante habremos de a¤adir la de conjurar el peligro latente que proven¡a de una intermi- tente pirater¡a originaria de las costas berberiscas, de la que, a su vez, las costas andaluzas y levantinas eran asiduas destinatarias. La ensenada de Betoia, al otro lado del cabo Tres Forcas, era uno de los m£ltiples lugares norteafrica- nos que amparaban en sus aguas una pirater¡a agresiva y audaz que se ha conservado activa hasta bien entrado el si- glo XIX, actividad que, hemos de confesarlo, ten¡a su co- rrespondencia en la otra parte del mar intermedio, pues los espa¤oles del Sur tambi‚n <> (2). Hemos de considerar la llegada de los espa¤oles a Meli- lla como una conquista y no como una simple ocupaci¢n de una tierra sin due¤o, pues el territorio circundante estaba no escasamente habitado si hemos de creer las palabras del informe del Capit n Mart¡n Galindo de que <>. Por otra parte, desde los primeros d¡as de la entrada de los espa¤oles, la poblaci¢n de Melilla es hos- tigada por los naturales de la zona que intentan infructuo- samente su recuperaci¢n, empresa dif¡cil si no imposible con sus limitados medios ofensivos y la facilidad con que se defiende una posici¢n dominante en la que se conserva par- te de las antiguas murallas merinidas, convenientemente reforzadas por los nuevos se¤ores. Aunque la ocupaci¢n de la zona por las huestes del Du- que se hizo en nombre del Rey y fuera ofrecido a ‚ste su conservaci¢n, la escasa tierra conquistada en Melilla per- maneci¢ en manos del noble como dominio se¤orial, esta- tuto jur¡dico territorial muy com£n durante el siglo XVI. Melilla no es una excepci¢n a lo que ya era casi norma en las extensas tierras castellanas y andaluzas, en manos de la alta nobleza, donde el Rey apenas conservaba poco m s que un poder nominal. Ciertamente que en el asiento firmado en Alcal  de He- nares el 13 de abril de 1498 la responsabilidad en el acopio de hombres y pertrechos se reparte entre ambos poderes, lo que no impide que el Duque conserve, por medio de sus gobernadores, un dominio casi omn¡modo que se traduce, al menos hasta 1556, en tensiones permanentes con el re- presentante de la Hacienda Real, el veedor. Seg£n el mencionado asiento, la ciudad de Melilla ten- dr¡a una guarnici¢n de 700 hombres y 50 caballos; entre los primeros, 600 infantes, 20 artilleros, 35 artesanos de oficio, 40 marineros, 2 curas, 1 f¡sico, 1 cirujano y 1 boticario. Todo este personal se reparte, en un principio, en una por- ci¢n de la superficie que ocupaba la antigua ciudad ind¡ge- na al pie del padrastro de la Horca, y que probablemente remontaba la loma que conduc¡a al pe¤asco donde hoy se sit£a el primer recinto; el terreno ocupado comprend¡a lo que hoy constituye el segundo recinto o Plaza de Armas, (1) JULIO ALDEON. Historia de Espa¤a. Cuadernos de Historia 16. Tomo 5. Madrid, 1981. (2) Documento an¢nimo de la carpeta del Cardenal Cisneros. (> (subvenci¢n real) de 2.800.000 maraved¡es, casi la mitad de lo que supon¡a el mantenimiento de la plaza seg£n el asiento de 1498. Meli- lla , al parecer, va perdiendo importancia en la atenci¢n de la Corona. A pesar de todo, la escasa guarnici¢n no debi¢ tener grandes dificultades para defender la ciudad, pues apenas se registran incidencias de relevancia durante todo el resto del siglo XVI, situaci¢n que se contin£a hasta finales del XVII, ‚poca en que cambian las circunstancias hist¢ricas del pa¡s vecino. Solamente es de destacar el intento en 1535, por parte del rey de Fez, de tomar la plaza, intento in£til al ser enviados refuerzos desde M laga. La carga econ¢mica que representaba Melilla para el ya anciano quinto duque de Medina Sidonia, quien ten¡a que completar el coste del presidio a cargo de sus rentas, se tra- dujo en un nuevo asiento firmado en 1552, asiento por el que los efectivos de la guarnici¢n se fijaban en 190 infantes, 40 de a caballo y 12 marineros, entre otros; sin embargo poco tiempo m s dur¢ la plaza en manos de la casa ducal: en 1556, enfermo y abatido por la muerte de su hijo y vir- tual se¤or de la plaza desde 1554, el conde de Niebla, el vie- jo duque renunciaba a la tenencia de Melilla, que volv¡a as¡ a manos de la Corona. GRANDEZA Y MISERIA DE UNA GUARNICION ESPA¥OLA EN AFRICA La guarnici¢n de Melilla durante los siglos XVI y XVII, no deb¡a ser, guardando las proporciones que imponen la importancia de cada una, muy distinta de cualquier otra ciudad fronteriza de las tenidas por Espa¤a a lo largo de la costa africana. El mando principal reca¡a en un Alcalde-gobernador nombrado, hasta 1556, por la casa ducal y, desde esa fecha, por la Corona; gobernador de mando pr cticamente ilimi- tado , con tan amplios poderes que el decir popular lo com- paraba al mismo Rey. <> , se dec¡a. Es f cil comprender que en la dif¡cil situa- ci¢n de la plaza, aislada de la pen¡nsula y cercada por los fronterizos, Melilla se convert¡a, en s¡mil tomado de Brau- del, en un bajel en el que el Alcalde asume el lugar del ca- pit n del barco y los hombres el de la tripulaci¢n, siendo el capit n as¡ figurado responsable de conducir a buen puerto el nav¡o, sin concesiones a poderes alternativos, super- puestos y secundarios. La misma justicia, completando el s¡mil era distribuida en la pr ctica por el propio Alcalde, aunque tal funci¢n estuviese formalmente asignada a otra persona. Al extenso poder del Gobernador se opon¡a el repre- sentante de la Hacienda real en la plaza: el veedor. La inde- pendencia de este funcionario de real nombramiento con- duc¡a, de hecho, a la existencia de dos poderes opuestos, hasta 1556 en la defensa de intereses encontrados en la re- () laci¢n casa ducal-Corona, y m s tarde en cuestiones de pro- tocolo y gobierno interior que se tradujeron en un conflicto permanente nunca resuelto hasta la desaparici¢n de las Veedur¡as, entrado el siglo XIX. El resto de la poblaci¢n militar y civil se compon¡a de una reducida cantidad de personas, poblaci¢n que en el <> del 3 de septiembre de 1556 se detallaba de la si- guiente forma: Cabos ......................................... 15 Ballesteros y piqueros ........................ 167 Arcabuceros ................................... 163 De a caballo .................................. 25 Artilleros .................................... 9 Marineros ..................................... 18 Oficiales de frontera ......................... 6 Azadoneros .................................... 30 Canteros ...................................... 7 Cl‚rigos ...................................... 2 Sacrist n ..................................... 1 Mujeres ....................................... 70 Ni¤os ......................................... 100 Esclavos de ambos sexos ....................... 28 Esta poblaci¢n apenas habr  de sufrir grandes variacio- nes durante el resto del siglo, conserv ndose en t‚rminos similares durante el siglo XVII. La existencia de azadoneros y canteros en cantidad no- table indica la continuaci¢n de las obras de fortificaci¢n ini- ciadas por el Capit n Perea siete a¤os antes; algunos a¤os despu‚s, ‚stos canteros har¡an un notable trabajo en la construcci¢n de los magn¡ficos aljibes existentes bajo la plaza que lleva su nombre en el primer recinto, verdadera joya de arquitectura artesanal de la ‚poca. El importante n£mero de mujeres y ni¤os indica que al menos un tercio de la poblaci¢n deb¡a estar casada, a£n cuando entre las mujeres debamos contar algunas prostitu- tas, habituales en las plazas fronterizas en todas las ‚pocas; de forma indirecta, su existencia nos informa de la relativa seguridad y tranquilidad de que gozaba la plaza en aquellos a¤os. En realidad se trataba simplemente de una posici¢n defensiva, sin proyecto alguno de penetraci¢n en el territo- rio cercano, abandonados los antiguos proyectos de los Re- yes Cat¢licos, si los hubo, de una intervenci¢n en Marrue- cos, puesto que Carlos V y Felipe II optaron por una mayor atenci¢n hacia los asuntos europeos y americanos, olvidan- do especialmente al presidio de Melilla que no tendr¡a rele- vancia militar o pol¡tica hasta entrado el actual siglo. La vida del presidio se convierte en un pasar los a¤os, entre sobresalto y sobresalto, en una repetici¢n de caren- cias y frustraciones, en una alternancia de traiciones y actos heroicos, ambos protagonizados por unas gentes de guerra que aportan a la frontera las grandezas y miserias de la es- tirpe, acomod ndose al ambiente general de la Espa¤a de los Austrias. No pod¡a ser f cil la vida de guarnici¢n de unas tropas (>. Esto es as¡ y se comprende; sin embargo, nunca falt¢ la necesaria fe en la propia misi¢n para defender, cualquiera que fuesen las circunstancias, el trozo de terreno que Espa- ¤a les hab¡a confiado y que ella misma hab¡a casi olvidado. Los obreros constitu¡an la parte civil de la poblaci¢n ac- tiva, si es factible emplear el t‚rmino <> en una plaza donde todas las funciones conducen al mismo objeto: ga- rantizar su defensa. Los obreros ejecutan la funci¢n que los soldados se niegan a efectuar, a£n a riesgo de perecer de hambre. No sabr¡amos decir si porque no era eso lo estipu- lado en el contrato o porque en su mayor¡a ten¡an la condi- ci¢n de hidalgos. Los canteros y azadoneros estaban tan mal pagados como la tropa por lo que tampoco eran muy diligentes en sus funciones. Con el transcurso de los a¤os las relaciones comerciales entre presidio y cabilas se fueron normalizando, por lo que los productos necesarios para la vida cotidiana eran adqui- ridos a los fronterizos dejando de depender, en este aspec- to, tan rigurosamente, de los suministros enviados desde M laga. Por supuesto que estas relaciones tuvieron car c- ter discrecional, y en ocasiones hubo que suspenderlas por alguna fricci¢n entre ambas zonas, volvi‚ndose a reanudar una vez pasada aquella. La poblaci¢n se alojaba en viviendas de construcci¢n muy modesta, levantadas con materiales tomados del te- rreno, generalmente asper¢n, y tan poco s¢lidas que se ve- n¡an abajo con facilidad derrumbadas por las lluvias y los terremotos. Con los escasos medios econ¢micos existentes y lo pre- cario de la construcci¢n no pod¡an darse unas condiciones sanitarias muy exigentes. Las enfermedades eran comu- nes, algunas end‚micas, favorecidas por la alimentaci¢n es- casa y la carencia de m¡nimos servicios higi‚nicos -el pri- mer alcantarillado data de 1881-, complicado todo ello por una elemental organizaci¢n hospitalaria. El primer hospital construido por el Duque ten¡a unas pocas camas y los enfermos all¡ instalados deb¡an proveer a su subsisten- cia con sus propios medios. Algunos se organizaban en una especie de <> que llamaban cofrad¡a, en la que me- diante el pago de un real al a¤o ten¡an derecho a las aten- ciones necesarias en caso de enfermedad. La pobreza y escasez de la frontera deb¡a ser noticia ex- tendida por todo el sur espa¤ol, pues ni siquiera era f cil conseguir alg£n cl‚rigo para las necesidades espirituales de la poblaci¢n. Hacia 1553 hab¡a en Melilla tres templos: el (p48>) de San Miguel, el de Santa B rbara y la capilla de Santiago, que deb¡an ser atendidos por un vicario y un cl‚rigo de los que normalmente faltaba uno y, a veces, ni siquiera ese ha- b¡a. Hacia 1571 se construye el fuerte de Santiago en las al- turas que dominan el valle del R¡o de Oro; es el primero de los fuertes que sucesivamente, en corto espacio de tiem- po, se han de construir para dominar el espacio intermedio entre la l¡nea exterior de aquellos y la plaza; le siguen San Francisco y San Marcos, hacia 1575, concluy‚ndose la l¡nea (p49>) con el fuerte de San Lorenzo levantado en 1583 en el cerro de su mismo nombre, cercano al mar. El siglo comprendido entre estos a¤os y los finales del XVII constituyen sin duda los m s tranquilos y pr¢speros de la historia de Melilla hasta el siglo actual. Pr¢speros has- ta 1627; tranquilos, aunque con escaseces y general penu- ria, hasta el £ltimo tercio del siglo. No son abundantes los (p50>) datos que tenemos de esta ‚poca; de los escasos llegados hasta hoy Morales se detiene en el dato que proporciona el <>, extra¡dos de los libros parroquiales. Creemos que el relativo bienestar inicial de la plaza fue acompa¤ado de un mayor abandono, si cabe, por parte de la Coronas quedan- do Melilla en manos de los todopoderosos gobernadores, quienes, si juzgamos por el informe dado por Juan Rej¢n en 1645, apenas se preocuparon m s que de su propio bene- ficio, sin atender a las carencias de la ciudad. Puertas, mu- rallas y polvorines se hallaban en el mayor de los abando- nos, as¡ como la administraci¢n y provisi¢n de v¡veres. Esta etapa de Melilla acompa¤a paralelamente en su decadencia a la de los £ltimos Austrias en Espa¤a. Para colmo de las desgracias, desde esta ‚poca, media- dos del siglo XVII, comienzan a llegar a Melilla confinados y desterrados que producen el doble efecto de hacer poco grata la estancia en compa¤¡a de elementos indeseables y que, adem s, desde su llegada acaparan, como mano de obra barata, la mayor¡a de las obras que se realizan en la plaza. Cualquier posibilidad de expansi¢n futura quedaba as¡ cercenada. Coincidente en el tiempo, a lo que no debi¢ ser ajena la presencia de los presos citados, progresivamente se van incrementando los conflictos con las cabilas fronterizas, en uno de los cuales fue muerto precisamente el Gobernador Carlos Ram¡rez de Arellano, insensata acci¢n que recuer- da la protagonizada por Cavalcanti en 1921, y que pudo ter- minar con la estancia de los espa¤oles en la zona. Estas sa- lidas, que se dar n y se desautorizar n durante todo el transcurrir hist¢rico de Melilla, no conduc¡an m s que a perder efectivos y a encoraginar m s a£n a los cabile¤os. Toda esta segunda mitad del siglo ser  un paulatino ca- minar hacia la m s lamentable decadencia, camino que de- sembocar  en la p‚rdida del dominio del campo exterior. MELILLA SE REPLIEGA SOBRE SI MISMA (DEL 1672 AL 1788) La llegada al trono de Muley Ismail, el Luis XIV marro- qu¡, constituye un progreso para el vecino pa¡s y una des- gracia para Melilla. La indiscutible personalidad del conti- nuador de la reciente dinast¡a alauita se deja notar en la zona al poco tiempo de su ascenso al sultanato. Sus rigurosas disposiciones se cumplen bajo severas amenazas, siendo una de ellas el cese inmediato del inter- cambio comercial con las plazas espa¤olas, que de esta for- ma deben volver al inestable cord¢n umbilical que les une con la pen¡nsula. En 1678 comienzan los ataques a los fuertes exteriores, centr ndose en el de San Lorenzo que se pierde a manos de marroqu¡es el 4 de septiembre, y al que siguen el de Santia- go y el de San Francisco. En 1694 se pierde el de San Pedro de la Albarrada, en la segunda l¡nea defensiva. Aunque en alg£n momento no determinado vuelven a recuperarse al- gunos de ellos, el asedio insistente de fuertes y recintos se (> francesas, preconiza el adelantamiento de los fuertes con relaci¢n a la plaza para impedir el uso efectivo de la artiller¡a, completando las teor¡as de Vauban. La guarnici¢n de Melilla se adaptaba al Reglamento de 1717 del que apenas sabemos nada, sino que la guarnici¢n se basaba en cuatro Compa¤¡as Fijas compuestas por natu- rales de la plaza y confinados, avis ndose, en caso de nece- sidad , al Capit n General de M laga, quien enviaba los so- corros necesarios para cualquier imprevisto. La R.O. de 14 de Septiembre de 1740 dispuso que las plazas menores de- pendieran directamente del Capit n General de la Costa -en M laga- perdi‚ndose la antigua dependencia de la Secretar¡a del Rey, en suspenso, de hecho, desde la inter- venci¢n de la dinast¡a borb¢nica. El Reglamento de 1745 suprime dos de las Compa¤¡as Fijas, quedando las otras dos formadas, cada una, por un capit n, dos oficiales, 33 de tropa y la mitad de los desterra- dos. A la guarnici¢n regular se le agregaba una extraordina- ria compuesta por un batall¢n para el servicio de las tres menores (Melilla, Alhucemas y Pe¤¢n de V‚lez), del que ocho compa¤¡as permanec¡an en Melilla, tres en el Pe¤¢n y dos en Alhucemas. Estas guarniciones se relevan cada seis meses por lo penoso del servicio. Desde los primeros reyes de la dinast¡a actual comienza a especularse con la posibilidad del abandono de los costo- sos presidios menores, situaci¢n que se repite con Carlos III. Este £ltimo Rey quiso tener las manos libres en su lu- cha con Inglaterra por lo que solicit¢ informe sobre la posi- bilidad de abandonar nuestras posesiones africanas; los in- formes fueron contradictorios y el Rey no se decidi¢ por el abandono, optando por establecer buenas relaciones con el monarca alauita, pol¡tica que propici¢ la firma del Tratado de Paz del 28 de Mayo de 1767. La nueva pol¡tica espa¤ola con relaci¢n a Marruecos es apreciable en la situaci¢n de la plaza y aunque del tratado parece extraerse un nuevo esp¡ritu de concordia entre los dos pa¡ses, el presidio sigui¢ asediado desde los numerosos ataques que lo rodeaban; el peque¤o comercio reiniciado desde la muerte de Muley Ismail sigui¢ en los mismos t‚r- minos sin que de la cl usula del tratado que proclamaba la libertad de comercio entre los dos pa¡ses se desprendiese ventaja especial alguna para Melilla. Muy al contrario, la libre interpretaci¢n por parte del Sult n de los t‚rminos del tratado dio pretexto para el m s duro asedio soportado por la ciudad en su ‚poca espa¤ola. Mohammed ben Abdallah, supuesto amigo del Rey Carlos III, entend¡a que los t‚rminos de la paz establecidos en el tratado se refer¡an £nicamente a la parte del mar y no a la de tierra, pues el Cor n no permit¡a el cese de la guerra santa contra el infiel ocupante de su territorio. Ante la inminencia del ataque, el Rey tom¢ las provi- dencias necesarias para salvaguardar Melilla, reforzando la guarnici¢n, dot ndola de abundantes v¡veres y material de guerra y poniendo la plaza en manos del Mariscal de Cam- po D. Juan Sherlock. Desde el 9 de Diciembre de 1774 comienzan a llegar los 30.000 hombres y artiller¡a del ej‚rcito sitiador, mandados personalmente por el Sult n, ej‚rcito que somete a la plaza a un insistente sitio de tres meses y medio de duraci¢n en el que Melilla bien dirigida y mejor defendida logr¢ conte- ner al ej ‚rcito atacante; el Sult n, desalentado, orden¢ la retirada, abandonando el territorio que qued¢ desalojado el 19 de marzo de 1775. La efem‚rides se celebra en la ciu- dad desde esa fecha, como uno de los m s notables hechos acaecidos en su historia, m s por lo aparatoso de los medios empleados por Marruecos que por los efectos conseguidos con el asedio. El futuro precursor de la independencia de la Am‚rica espa¤ola, Francisco Sebasti n de Miranda, dej¢ escrito un diario de los acontecimientos, vividos personalmente como oficial del ej‚rcito espa¤ol. Tras el riesgo del sitio anterior, Melilla pas¢ por el de los talantes abandonistas del Conde de Aranda y de Gri- maldi, con los que, al parecer, estaba el Rey Carlos III de acuerdo. El haberse distraido con otros asuntos de mayor inter‚s salv¢ al presidio de un futuro muy distinto. En 1780 se firma otro nuevo tratado de paz y a¤os m s tarde, en 1799, el Sult n Muley Soleiman, amigo de Espa¤a como su padre Mohammed, ajust¢ con la Corona un nuevo tratado en t‚rminos parecidos a los anteriores, tratados to- dos que, en general, apenas han afectado a Melilla, estando las cabilas cercanas lejos del alcance del brazo real alauita y, por lo tanto, ajenas a lo establecido en aquellos. El asedio de 1774-5 mostr¢ las deficiencias existentes en las fortificaciones de la plaza. La mayor¡a de los edificios y cuarteles fueron afectados por la artiller¡a del Sult n, que- dando los primeros, en gran parte, completamente destrui- dos. En a¤os posteriores se reedifican, a prueba de ca¤¢n, los fuertes exteriores, se construyen los almacenes, tam- bi‚n a prueba, de San Juan y Florentina y se ejecutan los caminos cubiertos de Victoria Grande y San Carlos, que permiten acudir a los fuertes sin necesidad de utilizar los pasadizos subterr neos. Poco antes del sitio se hab¡a termi- nado el Hospital Real, hist¢rica construcci¢n hoy en proce- so de ruina inminente. (En la actualidad est  siendo restau- rado por el Ministerio de Cultura). El Reglamento de 1790 no var¡a esencialmente la com- posici¢n de la guarnici¢n de la plaza, conserv ndose las dos Compa¤¡as Fijas y las ocho compa¤¡as de guarnici¢n ex- traordinaria, con elementos de fortificaci¢n y artiller¡a, guarnici¢n que, sobre el papel, se conservar  hasta media- dos del siglo XIX, aunque en la realidad fuese m s reduci- da. El primer censo oficial conocido de la plaza de Melilla, el de Floridablanca (1787) nos da una poblaci¢n total de 2.302 almas. Para la misma ‚poca, Ceuta ten¡a una pobla- ci¢n de 7.449 almas y Or n 7.842, lo que nos da una idea aproximada de la poca importancia de Melilla en compara- ci¢n con las dos £ltimas. La poblaci¢n, sin grandes altibajos, se conservar  en los mismos t‚rminos durante los siguientes sesenta a¤os. En 1800 hab¡a una poblaci¢n de 2.195 habitantes, cercana a la de 1787, incluyendo en ambas personal civil y guarnici¢n. UNA PLAZA HOSTIGADA (1788-1860) Acab ndose el siglo XVIII, Melilla deja de ser una pla- za asediada para convertirse en una plaza hostigada. No existe el anterior agobio, pero tampoco puede bajarse la guardia. Las relaciones entre la plaza y la zona circundante se mantienen tirantes y, muy a pesar de los anteriores trata- dos , el territorio de Marruecos es tierra prohibida para los espa¤oles a la que s¢lo acceden los prisioneros y deserto- res. El reinado de Carlos V fue muy negativamente sentido por el presidio. A la desaz¢n producida por los continuos sobresaltos se une la progresiva carencia de recursos de todo tipo. Los v¡veres faltan, las pagas no llegan, las enfer- medades y las hambrunas castigan a una poblaci¢n que, a£n as¡, se mantiene en sus puestos. Al ser invadida Espa¤a por los franceses y caer M laga en manos de ‚stos en 1810, la Junta de Guerra Local manifiesta que, en cualquier cir- cunstancia, Melilla seguir  fiel al leg¡timo Rey, digna posi- ci¢n que coincide, por contraste, con las gestiones del Con- sejo de Regencia para la entrega de los presidios al Sult n, canje ndoles por suministros de cereales y otros elemen- tos. La relaci¢n de penalidades y miserias sufridas por Meli- lla durante la primera mitad del siglo se har¡a interminable, estando la plaza a punto de perderse en algunas ocasiones. En 1815 el presidio acoge a los m s c‚lebres deportados pol¡ticos de su historia, condenados por Fernando VII por su activa militancia en el liberalismo. Jos‚ Mar¡a Calatrava, exdiputado a Cortes y, tras su destierro, dos veces primer ministro; Francisco S nchez Barbero, editor de <>, fallecido en Melilla en 1819, y Manuel P‚rez-Sobri- no y Ramajo, editor de <>. Manuel Garc¡a He- rreros y Jos‚ Zorraqu¡n son enviados a Alhucemas, y Mar- t¡nez de la Rosa, posterior primer ministro tambi‚n, al Pe- ¤¢n. Los supervivientes ser¡an puestos en libertad al co- menzar el trienio liberal en 1820. La amargura de los a¤os pasados en Melilla provoc¢ por su parte, a¤os despu‚s, un nuevo intento para la cesi¢n de las plazas norteafricanas a Marruecos, cesi¢n no concluida por la r pida vuelta al pe- r¡odo absolutista. La desidia de quienes deb¡an procurar su buen manteni- miento hizo que durante estos primeros a¤os, y siguiendo a Morales, fuera <>. Tal era la dureza de la vida de guar- nici¢n, que en 1827 se dispuso que los relevos se hicieran cada cuatro meses en lugar de seis. No faltaban, para colmo de males, los intentos de conspira- ci¢n, como el del 30 de Diciembre de 1829, frustrado, y el del 15 de Noviembre de 1838, en que una sublevaci¢n car- lista se apodera de la plaza, situaci¢n resuelta sin peligro al- guno para la ciudad, pues los sublevados velaron en todo momento para que la plaza no se perdiera a manos de los fronterizos aprovechando la confusi¢n reinante. Este riesgo permanente de sublevaciones locales se in- tent¢ corregir disponiendo dos a¤os m s tarde que s¢lo se destinaran a las plazas de Africa confinados artesanos y en el n£mero indispensable para trabajar en las obras. Desde 1841 se reitera al Gobierno central, por parte de los Gobernadores de la plaza, la necesidad de volver a los antiguos l¡mites perdidos a principios del siglo anterior, al objeto de alejar el peligro de un enemigo insistente que se acerca con la mayor impunidad hasta la misma base de las murallas. Insistiremos en que Melilla se reduce a la superficie que encierra el per¡metro del cuarto recinto hasta el interior. En el exterior, vigilando estrechamente la ciudadela, una guardia permanente de 200 moros se releva cada tres d¡as, observando d¡a y noche desde los ataques para impedir que nadie traspase el l¡mite murado de la plaza. El presidio, ensimismado, vigila y vive hacia adentro. <>. Y de algunos gobernantes, a¤adir¡amos nosotros. Este es el panorama que nos presenta de Melilla Pascual Madoz en 1848 (3). Testimonio directo y expresivo, el del Conde de Gime- no, que vivi¢ en Melilla en 1855: <>. Pero cuando el Conde de Gimeno llega a Melilla ya es- taba en ella el Brigadier Buceta, quien desde 1854 cambia el sentido de las inamistosas relaciones Melilla-campo fron- terizo, invirtiendo la iniciativa de aquellas, llevada por los cabile¤os hasta entonces. Buceta no permite concesi¢n graciable con los actos hostiles y castiga inexorablemente ‚stos durante las dos etapas de su mando, consiguiendo, pese a su dureza, un respeto por su persona y por la plaza anteriormente inexistente. Su recuerdo qued¢ grabado en la memoria de los fronterizos y con su forzada marcha la plaza volvi¢ a la situaci¢n anterior. En 1859, tras no pocas negociaciones con el Sult n, se acuerdan unas bases para la concesi¢n de un territorio de expansi¢n en el campo exterior de Melilla, tratado pen- diente de ratificaci¢n; sin embargo, la campa¤a de Tetu n (3) PASCUAL MADOZ. Diccionario Geogr fico, Estad¡stico e His- t¢rico. 1848. de 1859-60 forzar¡a unos acontecimientos que indirecta- mente beneficiar¡an al presidio, que entra as¡ en una nueva etapa de su existencia. Nacimiento de Melilla a la Historia Contempor nea: Introducci¢n. Durante m s de tres siglos y medio Melilla ha permane- cido como cris lida encerrada en su caparaz¢n fortificado o, lo que es lo mismo, ha sido una ciudad con una sola fun- ci¢n : la militar. Los a¤os comprendidos entre las dos guerras alejadas en el tiempo -la de Tetu n de 1859 y la del Rif de 1909- enmarcan el nacimiento de la nueva Melilla, a¤os en los que el duro caparaz¢n se agrieta para finalmente romperse, dejando que la mariposa remonte el vuelo, lo que significa que la ciudad se relaciona y adquiere nuevas funciones: co- mercial, industrial, administrativa... Este primer per¡odo de medio siglo, transcendental en la vida de la ciudad, hay que situarlo en las coordenadas exte- riores en que se desarrolla la Historia de Espa¤a, que son los siguientes: 1) Una pol¡tica vacilante del Gobierno espa¤ol o de <> (1859-1874) propugnada por la Uni¢n Libe- ral y C novas del Castillo, y el opuesto <> de Segismundo Moret. Dos figuras paralelas, C novas y Moret, que entende- r n de muy distinta forma la posici¢n de Espa¤a con res- pecto a Marruecos. Para C novas es fortificaci¢n, artilla- do, defensa. Para Moret, paz, influencia, inteligencia. 2) Un nuevo e inesperado inter‚s por parte de ciertos orga- nismos, en la l¡nea marcada por Moret, que con la vista puesta en Marruecos descubren la ciudad de Melilla. Sociedades y congresos propugnan un acercamiento de Espa¤a al Norte de Africa, acercamiento sin duda inducido por la corriente europea que, repartidos los territorios de otros continentes, fijan su atenci¢n en el £ltimo en donde a£n es posible encontrar grandes espacios libres a los que ocupar o en los que influir. Espa¤a, sin grandes pretensiones, fija su vista en el m s cercano. La Conferencia de Madrid de 1880 es un toque de atenci¢n que resucita, en algunos ambientes, el inter‚s por Marruecos, removiendo el poso dejado por la campa¤a de 1859. En el mes de Noviembre de 1883 se celebra el Congreso espa¤ol de Geograf¡a Colonial y Mercantil, presidido por C novas del Castillo, del que entresacamos algunas conclu- siones: debe aumentarse el presupuesto general de nues- tras posesiones en Africa; deben reformarse los presidios espa¤oles y conviene constituir con todas nuestras posesio- nes del Norte de Africa una provincia civil. En el Mitin del Teatro de la Alhambra del 30 de Marzo de 1884 y en los congresos africanistas posteriores, se reco- gen y se ampl¡an las propuestas sobre Melilla, de las que se transparenta un sentido comercial, casi todas ellas culmi- nadas en a¤os posteriores, cuando ya los congresos hab¡an sido olvidados. En 1885 se celebra en Berl¡n la Conferencia que preten- de poner orden en los conflictos entre potencias coloniales, a la gre¤a por repartirse los trozos de Africa que a£n que- dan libres. El destino de Marruecos apunta ya en una direc- ci¢n definida. Perdidos en 1898 los £ltimos restos del gran imperio ul- tramarino, el inter‚s de estamentos pol¡ticos, militares y comerciales por el Norte de Africa toma una nueva dimen- si¢n. Los primeros acuerdos entre Francia y Espa¤a sobre Marruecos (1900), la defensa de nuestros intereses en la zona, asumida por la Real Sociedad Geogr fica (1904) y los Congresos Africanistas organizados por los Centros Co- merciales Hispanomarroqu¡es (1907 a 1910) son otros tan- tos jalones que demuestran el inter‚s que ha tomado esta zona del continente africano, donde Melilla ocupa un lugar privilegiado de cara al nuevo giro de la pol¡tica exterior de Espa¤a y a la puesta en pr ctica de una m s agresiva acci¢n comercial que rompe definitivamente con la situaci¢n ante- rior. Melilla dejar¡a de ser un lugar olvidado del Mediterr - neo para colocarse en lo sucesivo, a veces en tr gicas situa- ciones no deseadas, en el punto de mira del inter‚s general y la opini¢n p£blica espa¤ola. La etapa que comienza en 1909, marcada por el signo de lo militar, ostentar  la nota predominante de una pobla- ci¢n local que asiste como simple espectadora de unos he- chos que le vendr n impuestos desde fuera, tanto de Ma- rruecos como de la Pen¡nsula, y de los que se aprovechar n las consecuencias positivas. Mientras un ej ‚rcito de soldados extra¤os al lugar com- baten en una guerra que les es probablemente ajena, Meli- lla sabr  sacar partido de la situaci¢n. Aprovechar  el auge econ¢mico del momento para establecer las interconexio- nes necesarias que la unir n en el futuro con el destino del Ej‚rcito ocupante y combatiente y del Protectorado espa- ¤ol en Marruecos, en una apretada simbiosis de la que a£n hoy no se ha desprendido. De la expansi¢n territorial a la penetraci¢n pac¡fica de Marruecos. (1861-19U9). Dificultades en el desarrollo: episodios militares. Este primer per¡odo constituye por s¡ mismo un c£mulo de acontecimientos de peque¤a y mediana entidad que, sin trascendencia alguna en la pol¡tica general espa¤ola, supo- nen hechos de gran importancia local. Con el Tratado de Paz de 26 de Abril de 1860, que pon¡a punto final a la llamada <> en la zona de Ceuta, se ratificaba el tratado, pendiente desde 1859, para la ampliaci¢n del territorio de Melilla. Tras no pocas incidencias hubo de volverse a acordar un nuevo convenio con fecha 30 de Octubre de 1861, por el cual, esta vez definitivamente, se entregar¡a a Espa¤a una parte del territorio marroqu¡ necesaria para salir de la asfi- xia a que la ciudad de Melilla estaba sometida. El disparo del famoso ca¤¢n de a 24, ocho meses m s tarde, era el pri- mer acto sobre el nuevo escenario, acto cuyo final quedar¡a en suspenso durante treinta a¤os hasta la definitiva demar- caci¢n de los l¡mites. En cualquier caso supon¡a el naci- miento de una nueva ‚poca, apreciable por dos significati- vos detalles: el incremento de las relaciones comerciales entre plaza y campo, y la t¡mida pero progresiva salida des- de el interior de los recintos al nuevo territorio, sin que esto haya de suponer la desaparici¢n de la animosidad de los ca- bile¤os, animosidad que ha de perdurar, con subidas y ba- jadas en el grado de la misma, hasta bien entrado el siglo XX. La posesi¢n del campo suscit¢ incidentes que hubo que solucionar con la fuerza, teniendo que intervenir en ocasio- nes las tropas marroqu¡es del Sult n, a las que obligaba el Tratado de 1860, ya que seg£n ‚ste deb¡a permanecer en la zona una guarnici¢n permanente para evitar las frecuen- tes agresiones de los fronterizos. La falta de fortificaciones imped¡a el control del campo, a£n cuando estas fortifica- ciones estuviesen previstas desde 1865. En 1870, la comi- si¢n llegada para informar sobre la conveniencia de la con- servaci¢n de las plazas menores no pudo recorrer el campo exterior espa¤ol en su totalidad. La comisi¢n inform¢ que Melilla deb¡a ser conservada pero que ser¡a necesario ele- var la guarnici¢n al menos hasta los 1.500 hombres. Esta in- defensi¢n permit¡a que los marroqu¡es de las cabilas cerca- nas tuvieran montada una guardia permanente en el cerro de Santiago impidiendo a los espa¤oles ir m s all  del lu- gar. Como vemos por lo anterior, el derrocamiento de lsa- bel II en 1868, siguiendo la pol¡tica tradicional, no se tradu- jo en un cambio significativo favorable para la plaza, que se mueve por su propia inercia. Con el protocolo del 11 de Junio de 1871 se comienza la desviaci¢n del R¡o de Oro que desembocaba en las cerca- n¡as de la plaza con permanente quebranto de la salud de sus habitantes y de las fortificaciones del cuarto recinto. Las cabilas ofrecieron fuerte oposici¢n a las obras, adu- ciendo que el tratado de 1860 no facultaba a Espa¤a para hacer obras en el campo exterior, razones al parecer apoya- das en la creencia de que Espa¤a s¢lo pod¡a utilizar el terre- no para pastos. La presencia del Pr¡ncipe Muley Abdallah con 3.000 hombres puso fin al contencioso, termin ndose las obras el 7 de Marzo de 1872. Durante este tiempo siguen llegando gran cantidad de penados y deportados, entre ellos carlistas y cubanos, que introducen nuevas tensiones en la vida local. Tampoco el pronunciamiento de Mart¡nez Campos en 1874 afecta apreciablemente a la situaci¢n de la plaza. Des- de 1879 funcionar  una Junta de Arbitrios, organismo mu- nicipal <>, antecedente del actual Ayuntamien- to, dependiente del Ministerio de la Guerra y compuesto exclusivamente por miembros de la guarnici¢n. Constituye un paso cualitativo importante de cara a la organizaci¢n ad- ministrativa de la Melilla creciente. La situaci¢n en el campo marroqu¡ aparec¡a cada vez m s confusa debido al permanente estado de revuelta y la p‚rdida paulatina del escaso poder que a£n le quedaba al Sult n en la zona rife¤a. La petici¢n de la nacionalidad es- pa¤ola en 1880 por parte de varios guelayas, quebdanas y beni snassen, es un indicio de la situaci¢n existente. La pe- tici¢n fue negada por el gobierno de C novas para no con- tribuir al desmorone del imperio marroqu¡. En este mo- mento, los ojos de algunas potencias europeas est n fijos en Marruecos. En la embajada llevada a Fez en 1877 por el Sr. Romea, ministro de Espa¤a en T nger, logr¢ el benepl cito del Sul- t n para la ampliaci¢n de las fortificaciones de Melilla. No entendemos las razones exactas de buscar la aprobaci¢n del monarca alauita para una obra a ejecutar en el campo pro- pio, pero establecida esta condici¢n, el 24 de Mayo de 1881 se daba comienzo al fuerte de San Lorenzo sobre el cerro del mismo nombre, primero de los necesarios a construir seg£n proyecto aprobado en 1868. Se avanzaba paso a paso en la ocupaci¢n del territorio. Al de San Lorenzo le segui- r n, poco despu‚s, los fuertes de Camellos (1883), Cabreri- zas Bajas (1884), Rostrogordo (1888) y Cabrerizas Altas (1890). Con el respaldo de los fuertes y su voluntad perso- nal, el General Mac¡as lleva las tropas m s all  de lo pisado hasta entonces, con objeto de mostrar la decisi¢n de Espa- ¤a de dominar su territorio, decisi¢n que no va a impedir la repetici¢n de incidentes con los marroqu¡es. En 1880 se hab¡a creado el Batall¢n Disciplinario, pol‚- mica unidad compuesta por gente de penal que si bien por un lado aumenta considerablemente la guarnici¢n, por otro constituye una fuente de incidentes tanto en el interior de la plaza como con las cabilas circundantes. Al sentirse enfermo el Sult n en 1887 se refuerza la guarnici¢n de Melilla ante la posibilidad de un levanta- miento general de las cabilas. En 1891 se vuelve a hacer la demarcaci¢n de l¡mites cu- yos mojones hab¡an desaparecido con el tiempo. No ser  la demarcaci¢n definitiva pero ya nos acercamos al ep¡logo de un proceso de ocupaci¢n efectiva que va a durar treinta y dos a¤os. Guerra de Margallo La construcci¢n de un fuerte cercano al cementerio ma- rroqu¡ de Sidi Guariach, en los l¡mites con el territorio de Marruecos, conduce a un grave episodio, en octubre de 1893, entre la plaza y la cabilas cercanas, origen de la llama- da, con evidente exageraci¢n, guerra de Margallo. La proximidad del fuerte al cementerio, o bien, seg£n otra versi¢n, la penetraci¢n de soldados espa¤oles en el re- cinto religioso musulm n violando su car cter sagrado, da lugar a un conflicto generalizado entre la guarnici¢n local y los cabile¤os, moviendo al Gobierno al env¡o de gran n£- mero de unidades expedicionarias que llegan a alcanzar unos efectivos de 22.000 hombres. Mientras, en toda Espa- ¤a vuelven a resonar fanfarrias cuyos ecos parec¡an desapa- recidos en 1860, mientras que la prensa clama por la ofensa producida por un enemigo al que no se le guarda la menor consideraci¢n. De la r pida campa¤a, en la que fue m s el ruido que las nueces, se dedujo un saldo de varios muertos y heridos; entre los primeros, el General Margallo, ca¡do frente a la puerta del fuerte de Cabrerizas Altas. La ficci¢n de la guerra, donde se pudo apreciar la inefi- cacia de unas tropas mal dotadas y sin preparaci¢n para un tipo de combate muy distinto al de los reglamentos al uso, hizo ver claramente la insuficiencia de las unidades de plan- tilla en la plaza. El 30 de Agosto anterior con las reformas del General L¢pez Dom¡nguez, se organizaba la Coman- dancia General Exenta de Melilla, dependiente directa- mente del Ministerio de la Guerra. Despu‚s de la guerra, la plantilla fue ampliada a dos Regimientos de Infanter¡a, un Batall¢n Disciplinario, una secci¢n de Caballer¡a, un batall¢n de Artiller¡a, servicios auxiliares y una secci¢n de la Guardia Civil. El final de la guerra, en el que qued¢ latente la falta del honor vengado, supone la terminaci¢n, a su vez, de cien a¤os de acciones hostiles continuadas contra la plaza, situa- ci¢n propiciada por la conferencia de Marrakech entre el Sult n y el decidido General Mart¡nez Campos, punto de partida de un trato diferente entre ambas zonas fronterizas y que se traduce en un r pido incremento de la poblaci¢n local y de las relaciones comerciales. Como indicio de estas distintas actitudes, comienzan a llegar comerciantes musul- manes de Fez y Tetu n. La terminaci¢n de los £ltimos fuertes supone el dominio completo del campo exterior y Melilla va a vivir los quince a¤os m s tranquilos de su agitada existencia, hasta que el inicio de la campa¤a de 1909 vuelva a sobresaltar la ciudad. No es a£n, ni mucho menos, la ciudad moderna que ya cabe suponer de las expectativas del momento, pues seg£n la descripci¢n de Rafael Pezzi, <>. MelilIa en los encuentros internacionales entre potencias En otro lugar dijimos que tras la p‚rdida de las £ltimas posesiones de ultramar Espa¤a dirig¡a su mirada hacia Africa. El primer paso oficial en este sentido se dar  al poco tiempo, en 1900, con el proyecto de tratado francoespa¤ol acordado por Le¢n y Castillo y Delcass‚ para repartirse el Marruecos finisecular, tratado que aunque no ratificado in- dicaba hacia d¢nde apuntaba la pol¡tica exterior de la Es- pa¤a del momento. Desde esta fecha, los gestos hacia el norte mogreb¡ se- r n constantes y abundantes. En enero de 1904, el Sr. La- bra dir¡a en el C¡rculo de la Uni¢n Mercantil: <>. El Rey Alfonso XIII visita Melilla en Mayo de ese 1904 inau- gurando las obras del nuevo puerto. Del olvido m s absolu- to Melilla pasaba al inter‚s m s alto. El 3 de Octubre de 1904 se afirma el acuerdo francoes- pa¤ol sobre zonas de influencia respectivas en Marruecos, una vez superados los obst culos puestos por Inglaterra a la ambici¢n francesa. Al a¤o siguiente, Guillermo II adver- t¡a en T nger que Alemania no permanecer¡a impasible ante la decisi¢n de monopolizar el imperio marroqu¡ por parte de Francia y Espa¤a. Se ha de llegar, pues, a la Con- ferencia de Algeciras (1906), para que se oficialice lo que ya estaba en el  nimo de espa¤oles y franceses, conferencia en la que Alemania resulta perdedora. Algeciras es la luz verde para la ocupaci¢n inmediata del Marruecos alauita. Solamente falta el pretexto. Los hechos se suceden con rapidez. En 1907 Francia ocupa Uxda y Casablanca aprovechando la raz¢n de algu- nos sucesos sangrientos en los que est n envueltos ciudada- nos franceses. En ese mismo a¤o desaparece el presidio de Melilla, importante r‚mora para una futura expansi¢n poli- t¡co-militar y comercial en la zona. Al a¤o siguiente Espa¤a, siguiendo el ejemplo de Fran- cia y adelant ndose a ella, ocupa La Restinga y Cabo de Agua, pese a las advertencias del Roghi, virtual Sult n del Rif. Se ha puesto los pies en Marruecos y se ha entrado de lleno de una din mica de la que Melilla, entre sangrientos combates e interminables disputas sobre la conveniencia o no de la intervenci¢n en la zona, saldr  parad¢jicamente fa- vorecida. Melilla dejar  de ser, como la describ¡a Gonzalo de Re- paraz, <>, para convertirse en base de partida de este destino, al que una pol¡tica ajena a ella le ha de condenar. La escalada militar Campa¤a de 1909 Al abandonar el Roghi la alcazaba de Seluan el 5 de Diciembre de 1908, el territorio circundante a Melilla que- daba sin autoridad legal ni nominal al albedr¡o de las cabi- las, sobre todo de los jefes locales, enervados por la ocupa- ci¢n de La Restinga y Cabo de Agua y la continuaci¢n sin su control de los trabajos en el ferrocarril minero. El General Marina, Comandante General de la plaza desde 1905, vio claramente el problema que se avecinaba y solicit¢ refuer- zos al Gobierno, aconsejando la ocupaci¢n del campo ma- rroqu¡ hasta el Atalay¢n. Los acontecimientos se precipita- ron y la tensi¢n existente en el ambiente estall¢ con el ase- sinato de varios obreros del ferrocarril el 9 de Julio de 1909, principio de lo que se ha llamado campa¤a del Rif, origen y fuente de todos los conflictos subsiguientes, militares y pol¡ticos, hasta su t‚rmino oficial en 1927. La escasa guarnici¢n de Melilla nada pod¡a hacer ante la hostilidad generalizada de los rife¤os contra la interven- ci¢n espa¤ola. Por eso el Gobierno tom¢ la decisi¢n de en- viar unidades de refuerzo con el fin de acabar con una situa- ci¢n que se presupon¡a f cil de resolver con una en‚rgica acci¢n militar. Desgraciadamente, el env¡o precipitado de unidades en las que el entusiasmo de los oficiales apenas pod¡a disimular la mala preparaci¢n de las tropas y su esca- sa y pobre dotaci¢n de material y medios de combate, con- dujo a unas tristes jornadas en las que Melilla ve¡a sobreco- gida la continua sucesi¢n de bajas en unas unidades en las que el soldado, al decir de Eugenio Noel, voluntario del Regimiento lnmemorial, apenas ten¡a claro cu l era su mi- si¢n en las sedientas tierras africanas y como combatir a un enemigo sobrio y escurridizo que, al fin y al cabo, defend¡a su propia tierra sin saber de tratados y sin reconocer en la pr ctica la autoridad de su propio Sult n. La simple <> tom¢ un car cter de guerra general contra las cabilas, imposible de disimular tras la tr gica jornada del 27 de julio -barranco del Lobo- en la que muere el General Pintos y un n£mero in- determinado de soldados, y la desastrosa operaci¢n de re- conocimiento ofensivo del 30 de Septiembre en la que mue- re el General D¡ez Vicario. La escalada en las operaciones hace llegar los efectivos, en ese mes, hasta 42.000 hombres. Los acontecimientos de julio provocaron la llamada Se- mana Tr gica de Barcelona, donde espont neamente se- g£n unos o agitados por elementos anarquistas seg£n otros, amplios sectores populares se manifestaron en contra de la guerra, provocando des¢rdenes de tr gicas consecuencias. Comenzaba a sonar el nombre de Melilla en Espa¤a, nom- bre a cuyo conjuro se desataban las pasiones y los enfrenta- mientos . Aunque tarde, la experiencia de las operaciones ante- riores culmina con la brillante operaci¢n de la toma de Atlaten, en la que rodeando el Gurug£ por el mediod¡a se aisla el foco rebelde centrado en la legendaria monta¤a; con esta maniobra se termina, de momento, con las opera- ciones militares en la zona. Al finalizar la campa¤a, seg£n Ruiz Alb‚niz, hay en Melilla 1770 jefes y oficiales y 46.000 soldados. Es parad¢jico que sean estas de dolorosas secuencias militares las que sirvan para ir convirtiendo en sencillo po- blach¢n que es Melilla antes de la campa¤a, en la ciudad moderna en que ha de desembocar antes de finalizar la d‚- cada. La guerra reci‚n terminada ha servido al menos para que los gobiernos se percaten de la existencia de una pobla- ci¢n espa¤ola que ha de ser forzosamente gran acuartela- miento de tropas y base de la futura <> en el territorio vecino, utop¡a en la que ya muy pocos creen. Por R.D. de 1 de junio de 1910 se crea la Capitan¡a Ge- neral de Melilla, nombr ndose como titular de la misma al General Garc¡a Aldave. Cinco meses m s tarde se firma el Acuerdo Hispanomarroqu¡ en el que lo m s destacado es la reinstalaci¢n de la Aduana en Melilla, lo que provoca re- celos en la ciudad por el precedente anterior en que aquella constituy¢ un freno a la actividad comercial de la plaza. En enero de 1911 Melilla recibe la segunda visita del Rey Alfonso XIII, acompa¤ado por el Presidente del Con- sejo de Ministros Sr. Canalejas y los ministros de la Guerra y Marina; como s¡mbolo de la nueva ciudad que se avecina, el Rey derriba la primera piedra de las murallas del Mante- lete; coloca tambi‚n, s¡mbolos a su vez significativos, la pri- mera piedra del Museo Comercial de los Centros Hispano- marroqu¡es e inaugura la Escuela Ind¡gena costeada por los citados centros, ambos en Melilla. Campa¤a deI Kert Siete meses m s tarde se producen, inesperadamente, los sucesos que conducen a la campa¤a del Kert y que vuel- ven a acumular hombres en Melilla. Lo que pudo ser, esta vez de verdad, una simple operaci¢n de polic¡a, se convier- te en combate generalizado atizado por el fanatismo de El Mizzian, de familia marab£tica de Segangan. Durante esta campa¤a se estudian los primeros planes para un desembarco en Alhucemas y se crean, hecho im- portante, las primeras Fuerzas Regulares Ind¡genas. La experiencia cercana de la Campa¤a del Rif hace que las operaciones de la del Kert sean llevadas con mayor cau- tela, solamente empa¤adas por la catastr¢fica acci¢n de Izarrora, el 27 de Diciembre; el 18 de Enero siguiente se ocupa Monte Arruit. Con la muerte del Mizzian el 15 de Mayo de 1912 termi- na esta campa¤a que pasa desapercibida entre la anterior guerra del Rif y los acontecimientos de 1921. Acta del Protectorado espa¤ol. Primera guerra mundial. Avances. Complemento necesario del francomarroqu¡ del mismo a¤o, el 27 de Noviembre de 1912 se firma el tratado que fija la posici¢n de Espa¤a y Francia en el Protectorado que se inicia, formalizando una intervenci¢n pol¡tica ya decidida con anterioridad. El <> de Melilla queda sensi- blemente reducido, en la pr ctica, sobre el primitivo de 1900, que tantas expectativas hab¡a suscitado. Melilla vuelve a ser Comandancia General en diciem- bre de ese mismo a¤o, ocupando el cargo de Comandante General G¢mez Jordana, hombre sensato cuyo mando pasa por ser uno de los m s eficaces en la zona de Melilla y m s tarde como Alto Comisario. Como dato significati- vo, en las operaciones dirigidas por ‚l no se registran ape- nas bajas en las tropas espa¤olas. Ciertamente, no es posi- ble olvidar que durante su mandato se inicia la primera gue- rra mundial, que obliga a Espa¤a a mantener un <> militar en su zona para evitar las suspicacias de los franceses. Esta neutralidad aparente, que se contrasta con una no disimulada simpat¡a por Alemania en el territorio, no impide la existencia en la zona oriental del Marruecos espa¤ol de un cierto n£mero de agitadores alemanes, con base en Melilla, que promueve levantamientos en las cabi- las lim¡trofes entre las dos zonas, con el fin de distraer tro- pas en el Marruecos franc‚s impidiendo que sean destina- das a los frentes europeos. El £nico momento militar significativo en la Coman- dancia General de Melilla, es el paso del r¡o Kert en Mayo de 1915. Se¤alaremos por la importancia que el hecho pue- de tener en los sucesos de 1921, que en agosto de ese a¤o, al parecer a instancias de Francia (4), es encerrado en el fuerte de Rostrogordo el progermano Mohammed ben Abd-el-Krim el khattabi. Hasta la reanudaci¢n de las operaciones en 1919, ape- nas hay sucesos de menci¢n en el territorio de Melilla. En 1917 nacen en la pen¡nsula las pol‚micas Juntas de Defensa que tendr n su correspondiente secci¢n en Melilla, a cuyo frente se encuentra el Teniente Coronel Riquelme. (4) De esta interpretaci¢n discrepa razonablemente Germ n Ayache, <>, 1981. Melilla ha vivido la paralizaci¢n de las operaciones du- rante la gran guerra como un drama local que desemboca en una crisis comercial y social que atiza los primeros con- flictos importantes de su historia moderna, conflictos pro- vocados por la falta de puestos de trabajo y la escasez y ele- vados precios de las subsistencias. Desastre de Annual. Proleg¢menos. Con la terminaci¢n de la primera guerra mundial y el reinicio de las operaciones militares, las aguas vuelven a su cauce en Melilla. La dependencia Ej‚rcito-econom¡a local es, como puede verse, absoluta. En enero de 1919, desconfiando de la actitud posterior espa¤ola con respecto a su pensamiento sobre el protecto- rado, Abd-el-Krim abandona Melilla para siempre despu‚s de doce a¤os de estancia continuada. Nadie sabe cu les son sus intenciones de cara al futuro, ni sospechar  su protago- nismo posterior. En ese mismo mes es nombrado para el cargo de Comandante General de Melilla el General Fer- n ndez Silvestre; despu‚s de doce a¤os de ausencia, vuelve a la plaza donde ambos, Abd-el-Krim y ‚l, convivieron du- rante alg£n tiempo. A la llegada del General a la ciudad el territorio est  re- lativamente tranquilo; no hay m s disidente que el cabeci- lla Burrahai que un mes m s tarde cumplimenta a Silvestre en Melilla. Todo parece ir sobre ruedas. El 7 de mayo se inician las operaciones desde El Batel. Cuando el Vizconde de Eza, ministro de la Guerra, llega a Melilla el 19 de julio las tropas han sobrepasado Drius. El ministro observa ciertas deficiencias, unas atribuibles al propio ej‚rcito y otras responsabilidad del Gobierno. Un a¤o m s tarde gran parte de aquellas no se hab¡an corregi- do. A £ltima hora se intentar¡a ganar el tiempo perdido. Pero ya era tarde. El 15 de enero de 1921 se ocupaba Annual, posici¢n cercana a Tensaman que el tomo III de la Historia de las Campa¤as de Marruecos califica de <> y sobre la que los Coroneles Riquelme, L¢pez Pozas y Comandante Alzugaray pensaban que estaba mal elegida y el Teniente Coronel D vila, del E.M. de la Co- mandancia de Melilla que le <>.En marzo siguiente se comienza el camino militar que la ha de unir con Ben Tieb en la retaguardia, a una distancia de 18 kil¢metros. El 1 de junio se pierde la reci‚n ocupada posi- ci¢n de Abarr n donde son muertos o hechos prisioneros todos sus defensores. Pudo ser un aviso al que no se prest¢ la debida atenci¢n. Culminaci¢n del Desastre Estuviese bien o mal elegida la posici¢n de Annual, nada pudo impedir que el 22 de julio, tras la ca¡da de la po- sici¢n de Igueriben a la vista de las tropas all¡ situadas, se ordenase la evacuaci¢n urgente de la posici¢n presionada por la harka de Beni Urriaguel. Por razones que a£n hoy se discuten, lo que debi¢ ser una retirada ordenada se con- virti¢ en una huida desorganizada, dando lugar a lo que creemos ha sido la mayor cat strofe militar de la historia es- pa¤ola de todos los tiempos, no principalmente por el n£- mero de bajas sino tambi‚n por las dram ticas circunstan- cias en que se produjeron. Una tras otra fueron cayendo las numerosas posiciones que salpicaban todo el territorio so- metido, mientras las cabilas hasta el d¡a supuestamente lea- les se levantaban al paso de las tropas derrotadas, entre las que se dan actos heroicos y huidas vergonzosas. El 9 de agosto ca¡a la £ltima posici¢n, Monte Arruit, donde se rinden 4.000 hombres en el l¡mite de sus fuerzas tras una abnegada resistencia. La mayor¡a son muertos al entregar las armas. A 30 kil¢metros de Melilla, Monte Arruit no ha podido ser socorrida por las tropas que desde el d¡a 23 han ido llegando a la plaza. El n£mero total de muertos, entre los que se encuentra el General Silvestre, se eleva, seg£n cifras oficiales, a los 12.000 sin que, pese a los esfuerzos de los estudiosos del tema, pueda demostrarse la exactitud de las cifras barajadas hasta hoy. ¨Cu les fueron las causas de tama¤o descalabro? Los r¡os de tinta vertidos sobre la cuesti¢n no han hecho m s que oscurecer un asunto ya de por s¡ bastante confuso. Las responsabilidades, tema de debate durante varios a¤os, se han repartido a diestro y siniestro seg£n las simpa- t¡as, faltando, en general, la debida ecuanimidad que exige el estudio de cuesti¢n tan espinosa. Unos le echan la culpa al Ej‚rcito que no supo cumplir con su misi¢n; otros por el contrario, cargan la responsabi- lidad a los gobiernos por su inatenci¢n al problema de Ma- rruecos. Algunos afinando m s se ceban en los generales Silvestre o Berenguer, y otros, m s audaces, se elevan has- ta el mismo Rey. Para el General Mola <>. El General Burguete consideraba que las tropas esta- ban mal situadas en un frente demasiado amplio. Para Indalecio Prieto, hab¡a que ir, pasando por el Ge- neral Silvestre hasta el Gobierno y m s arriba para encon- trar a los verdaderos culpables. Para el General G¢mez Jordana, y probablemente sea el que m s se acerque a la verdad entre el mar de opiniones, el desastre fue <>. Pero el que sin duda puso el dedo en la verdad que cree- mos m s incuestionable fue el auditor militar Rodr¡guez de Viguri, defensor del General Navarro, quien dijo: <>. Regla aplicable a toda la discusi¢n que ha suscita- do el desastre. Melilla ante el Desastre de Annual El derrumbamiento de la Comandancia General de Me- lilla puso en serio peligro a la ciudad cabecera de la regi¢n; all¡ los nervios se desatan y el p nico se generaliza. Quienes sufren en primer lugar las consecuencias son los propios musulmanes a quienes coge el suceso en el interior de la ciudad. Aunque, como hemos dicho, el d¡a 23 llegan los prime- ros refuerzos con el General Berenguer, un ataque masivo de todas las cabilas sublevadas hubiese sido muy dif¡cil de contener, estando los harquenos pertrechados con el mate- rial y armamento perdido en el desastre, unos 30.000 fusi- les, 300 ametralladoras y 129 ca¤ones. Las razones por las que el enemigo se detuvo a las puer- tas de Melilla tampoco est n suficientemente esclarecidas. Se achaca a la decidida defensa que en Beni Sicar establece el caid Abdelkader. Se dice que los cabile¤os se entretie- nen recogiendo el bot¡n. Se especula con el cansancio de las harkas, y el mismo Abd-el-Krim, sorprendido jefe de los sublevados, advierte, en su d¡a, que no quiso entrar en Me- lilla por no enfrentarse con la opini¢n p£blica mundial. Es posible que en la conjunci¢n de todas ellas est‚ la verdad. La pol‚mica suscitada por el desastre enciende de nue- vo la luz roja en el panorama nacional; la opini¢n del pa¡s se divide tomando cada cual partido por una y otra posi- ci¢n, aunque la mayor¡a no sepa -no puede saber- del in- trincado problema marroqu¡ cocido en las asambleas de la Conferencia de Algeciras. Melilla se recupera de la impresi¢n a medida que, desde septiembre, se comienza la reconquista del territorio. Mientras tanto al General Picasso se le encomienda clarifi- car los confusos hechos del mes de julio, lo que da origen al famoso expediente Picasso que nunca lleg¢ a ver la luz p£blica oficialmente. El d¡a 29 de septiembre, al intentar llevar el convoy de v¡veres a Tiza, posici¢n cercana a Zoco el Had, a las puer- tas de Melilla, las tropas quedan detenidas por el fuego ene- migo; hay un momento de vacilaci¢n preludio del p nico general. El General Cavalcanti, Comandante de la Plaza, percatado de la situaci¢n se pone al frente de las tropas y al trote penetra m s tarde en la posici¢n de Tiza. El mo- mento pudo ser de graves consecuencias si el General hu- biese sido abatido por los tiros del enemigo. Pudo ser, se- g£n Ruiz Alb‚niz, otro 21 de julio (Igueriben) iniciador del desastre. Ante una opini¢n dividida, el General Cavalcanti qued¢ absuelto del proceso instruido por los hechos. El re- sultado final de su acci¢n fue que la posici¢n se salv¢ y Me- lilla respir¢ tranquila. Las Juntas de Defensa pierden en Melilla toda su fuerza ante la formal decisi¢n de ignorarlas por parte del General Berenguer y los reproches del General Cabanellas por su insensibilidad ante los acontecimientos ocurridos. Recuperaci¢n del territorio perdido. Comp s de espera. El r pido avance posterior dio como resultado la entra- da en Drius el 10 de enero de 1922. El 4 de febrero se ce- lebra en Pizarra (M laga) una conferencia en la que parti- cipan, entre otros, Maura, La Cierva, Gonz lez Hontoria y Berenguer. En ella se redacta un programa de actuaci¢n en Marruecos, se discute el avance en la zona de Melilla y se nombra una comisi¢n para el estudio de un proyecto de desembarco en Alhucemas. Como hemos visto, desde 1911 se sabe muy claramente, en los c¡rculos militares de Ma- rruecos, donde est  la clave para una r pida terminaci¢n militar del problema rife¤o. La cuesti¢n decisiva estriba en la decisi¢n de encararlo con energ¡a... o estar condenados a un fluctuar inoportuno, que ser  precisamente la pol¡tica que se llevar  a cabo hasta 1925. El 18 de octubre se llegaba a Tizi Azza donde el avance se estabiliza permaneciendo en esta situaci¢n durante tres a¤os y medio, en los que sin adelantar un paso habr  un go- teo permanente de bajas. Todo el per¡odo comprendido entre los hechos narra- dos y enero de 1923, en que son liberados, est  impregnado por la cuesti¢n de los prisioneros tomados por Abd-el- Krim durante los sucesos anteriores. La intervenci¢n de los se¤ores Fern ndez Almeida, delegado de la Cruz Roja, el franciscano Padre Revilla, Drid ben Said y otros no consi- gue ablandar al jefe rife¤o que a cambio de su libertad pide una importante cantidad de dinero y la liberaci¢n de todos los presos rife¤os en poder de Espa¤a. Por fin, el 27 de ene- ro de 1923 se consigue la liberaci¢n mediante la entrega de la cantidad de 4.250.000 pesetas que el empresario Horacio Echevarrieta, interesado en el negocio de las fabulosas mi- nas del Rif, pagar  a Abd-el-Krim en la misma playa de Al- hucemas. Este dinero permitir  al cabecilla rife¤o proveer- se de nuevo material para continuar la guerra. La efervescencia militar y mercantil del momento atraen a Melilla gran cantidad de gente, de los gue unos po- cos hacen r pidas fortunas en tanto que la mayor¡a, en los barrios exteriores, se limitan a sobrevivir, muchos a costa de una bien organizada beneficencia. Melilla tiene fama de <>; por toda la ciudad se extiende una sensa- ci¢n de euforia econ¢mica que a¤os m s tarde ense¤ar  su d‚bil peana de barro. En agosto de 1923, seg£n cifras dadas por el General Vives, se llega a la m xima cantidad de tropas habidas en Melilla durante las campa¤as: 73.932 hombres. Dos meses antes se hab¡a hecho cargo de la Comandancia el General Mart¡nez Anido quien presiona al Gobierno para que se ejecute el proyecto de desembarco en Alhucemas; el Gene- ral es arropado por las fuerzas vivas de la ciudad, entre las que destaca la C mara de Comercio, que se ponen de su parte. El Gobierno, asesorado por el Estado Mayor Cen- tral, se opone y Mart¡nez Anido dimite. El siguiente 13 de septiembre el General Primo de Ri- vera se hace cargo del poder tras un golpe militar. Desembarco en Alhucemus La dictadura del General Primo de Rivera es acogida en Melilla, como en el esto de Espa¤a, con expectaci¢n y, en algunos casos, esperanza; con recelo mal disimulado en otros. La vinculaci¢n del General con la ciudad desde 1893 le proporciona el apoyo cierto de las instituciones locales. El General Primo de Rivera, con antecedentes abando- nistas -recu‚rdese su intervenci¢n en el Ateneo de C diz en 1917 donde propugn¢ el abandono de Marruecos- lle- ga al poder en un momento en que las operaciones militares en Africa se hallan en situaci¢n inestable. En la zona de Melilla sigue la presi¢n enemiga sobre el sector de Tizi Azza donde las tropas se limitan a conservar posiciones sin adelantar nada. El llamado incidente de Ben Tieb, campamento cerca- no a Annual donde en julio de 1924 algunos oficiales abu- chean a Primo de Rivera por su pasividad en el tema marro- qu¡, debi¢ hacer reflexionar al Jefe del Gobierno. Sin embargo, la presi¢n ejercida por Abd-el-Krim so- bre las innumerables posiciones existentes en la zona occi- dental dio origen a la orden general de repliegue de aque- llas sobre Tetu n. El repliegue provoc¢ el levantamiento de las cabilas de la zona, m s importante que el de 1921 se- g£n el propio Primo de Rivera, dando origen a la sangrien- ta retirada de noviembre de 1924, con un n£mero de v¡cti- mas a£n sin evaluar, corri‚ndose la voz por Melilla de que se abandonar¡a tambi‚n el territorio oriental, desmentido m s tarde. La situaci¢n permanece ambigua durante la primavera de 1925, hasta que el 23 de abril, en una decisi¢n inexplica- ble por parte de Abd-el-Krim, las harkas rife¤as atacan los puestos franceses de la regi¢n del Uarga obligando a lo que parec¡a impensable: la inmediata colaboraci¢n entre Fran- cia y Espa¤a para acabar con el peligro rife¤o. En la zona de Melilla se prepara cuidadosamente la operaci¢n definitiva ejecut ndose ejercicios previos de en- sayo, lo que supone una nueva forma de entender la guerra de Marruecos, lejos de improvisaciones con finales desa- fortunados. El 8 de septiembre las tropas espa¤olas de vanguardia mandadas por el joven Coronel Franco saltan sobre las pla- yas de Alhucemas iniciando lo que ser¡a el principio del fin de la rebeli¢n rife¤a. En la operaci¢n interviene una co- lumna procedente de Melilla. El 22 de mayo de 1926, Mohammed ben Abd-el-Krim el Khattabi se entrega a los franceses que poco m s tarde lo recluyen en la isla de la Reuni¢n. Un a¤o despu‚s, el lO de julio, finalizaba la pesadilla que durante 18 meses hab¡a tenido en vilo a toda Espa¤a. El problema marroqu¡ hab¡a derribado gobiernos, pro- vocado revoluciones, causado miles de bajas y agotado las arcas estatales. Triste herencia de una pol¡tica marroqu¡ mal entendida por todos, consecuencia de una conferencia -Algeciras- en la que nadie previ¢ las tr gicas circuns- tancias en que habr¡a de desenvolverse Espa¤a. Desde la paz, en Melilla pierde importancia lo militar y cobra protagonismo el Protectorado. En el mes de octubre de 1927 los Reyes visitan por tercera vez Melilla. Don Al- fonso, en Annual, pon¡a el cierre definitivo al contencioso hispanoafricano. Tiempos de paz, tiempos de crisis. La repatriaci¢n que precede al final de la campa¤a, un suspiro de alivio para toda Espa¤a, es motivo de preocupa- ci¢n para Melilla que ha ido creciendo durante toda la gue- rra a expensas, entre otros, de un macro-ej‚rcito local. Me- lilla est , pues, sobredimensionada con relaci¢n a su capa- cidad de absorci¢n de actividad comercial e industrial. Na- die pensaba que lo militar terminar¡a alg£n d¡a y habr¡a que buscar otras salidas. Como C ndido Lobera dec¡a: <>. Desde 1925 los ingresos de la Junta de Arbitrios van dis- minuyendo, indicio de la grave crisis que se avecina. En enero de 1928 desaparece la Comandancia General de Melilla, transform ndose en Circunscripci¢n militar el territorio oriental de Marruecos. En Melilla se crea el cargo de Delegado Gubernativo de car cter militar. En septiembre de ese mismo a¤o explosiona el polvor¡n de Cabrerizas Bajas provocando 53 muertos y centenares de heridos, la mayor cat strofe local. M s de mil barracas han sido destruidas, quedando alrededor de 4.000 personas sin hogar. Al acercarse el final de la monarqu¡a la crisis econ¢mica y social se acelera; se hace patente una conflictividad pol¡- tica y laboral que tomar  mayor fuerza cuando deja el po- der el General Primo de Rivera. Con el General Berenguer en el Gobierno, afloran a la luz p£blica las sociedades obre- ras, anteriormente eclipsadas por la falta de apoyo obrero y por las huelgas perdidas. Ahora, con la crisis, renacen con nuevos br¡os los sindicalistas (CNT) y la UGT. Los parti- dos pol¡ticos se reorganizan desde los primeros d¡as de la posdictadura, cre ndose el Partido Socialista en Melilla en mayo de 1930 y la Uni¢n Republicana en el verano siguien- te, de cara a las cercanas elecciones municipales tras la creaci¢n del Ayuntamiento por R. D. de lO de Abril ante- rior . La agitaci¢n pol¡tica se intensifica en los d¡as anteriores a las elecciones del 14 de abril. El 14 de abril se iza la bandera republicana en la Casa de la Junta Municipal, form ndose un ayuntamiento interi- no hasta las elecciones previstas para el d¡a 19 en Melilla, en las que participa una conjunci¢n republicano-socialista que triunfa plenamente. En Melilla, la Rep£blica no sigue las mismas pautas que en el resto de Espa¤a, distingui‚ndose por la participaci¢n activa de comerciantes, empleados y obreros, siendo pocos los profesionales e inexistentes los intelectuales, ‚stos £lti- mos los que distinguen la Rep£blica espa¤ola, seg£n. La coincidencia con la crisis mundial va a perjudicar a la neonata Rep£blica, especialmente en Melilla donde la ciudad arrastra su propia crisis estructural. El futuro se en- sombrece y a la Rep£blica le quedan escasos a¤os de vida. Su agon¡a comenzar  en Melilla. La acumulaci¢n de problemas no resueltos, el encasti- llamiento en posiciones inalterables frente a criterios opuestos, la falta de rodaje de unas instituciones a las que se llega con prejuicios acumulados en a¤os anteriores, co- munes a toda Espana, y los propios de las circunstancias es- peciales de la ciudad de Melilla, abocan a un estrepitoso fracaso de la convivencia que da lugar al tr gico amanecer de un 17 de julio de 1936. Los a¤os anteriores se borran y se inicia una andadura de cuarenta a¤os cuyos protagonis- tas a£n est n entre nosotros, creemos que todos ellos cu- r ndose las heridas producidas en el f cil o dif¡cil trayecto recorrido y probablemente haciendo un meritorio esfuerzo para andar juntos lo que resta de camino. (>, traspasara los l¡mites del entorno m s pr¢ximo al presidio. El convenio de 1861 hubiese quedado vac¡o de conteni- do pr ctico sin otras disposiciones que completaran aqu‚l para as¡ revitalizar la nueva superficie a ocupar. Esta circunstancia fue perfectamente comprendida por el Gobierno espa¤ol que dio luz a una ley de fecha 18 de mayo de 1863 por la que se declaraba puerto franco, entre otros, a los de Chafarinas y Melilla, disposici¢n que, perju- dicando el comercio espa¤ol de origen peninsular, benefi- ciaba en gran medida a la plaza, que pod¡a optar por com- prar en cualquier pa¡s en los t‚rminos m s beneficiosos. Los graves inconvenientes de estar sometida la plaza al fuero de Guerra, los continuos incidentes con las cabilas, la falta de normativa  gil para el acceso a la propiedad, la inexistencia de un puerto comercial, la preferencia por la zona de Or n de los emigrantes levantinos y la creaci¢n, por tratado del 31 de lulio de 1866, de la Aduana marroqu¡, m s freno que est¡mulo, coartaron, en un principio, la pre- visible expansi¢n comercial y social de Melilla. Solamente un elemento humano de esp¡ritu emprende- dor y habituado a desarrollar su actividad en circunstancias adversas tom¢ la iniciativa desde los primeros tiempos: los hebreos. Favorece su llegada la R.O. de 17 de febrero de 1864 por la que se derogaban las antiguas disposiciones que limi- taban el acceso al territorio, autorizando a todos aquellos que desearan hacerlo. <> (1). El mismo autor ase- gura que aunque en un principio no encontraron ninguna protecci¢n, el comercio fue paulatinamente en aumento. Familias como Salama (1864), Melul (1867), Benzaquen (1867), Benchimol (1874) y otros son pioneros de la nueva funci¢n comercial. Paulatinamente fue, en efecto, el incremento comer- cial, que en 1878 solamente alcanzaba 1.683.000 pesetas, en su mayor parte importaci¢n de productos ingleses y franceses; del total solamente correspond¡a a Espa¤a 7.049 pesetas . Desde 1880 la zona de influencia comercial se extiende como mancha de aceite, llegando a la zona de Debd£ en los primeros a¤os de la d‚cada de los noventa. Los principales productos importados por Melilla, adem s de los impres- cindibles para el consumo de la peque¤a poblaci¢n local, son art¡culos de algod¢n, cuchiller¡a, caf‚ -desde finales de siglo- t‚, buj¡as, jab¢n, az£car y tabacos, de gran con- sumo en Marruecos, especialmente los algodones tra¡dos de Inglaterra, y az£cares, tra¡dos de Inglaterra y Francia. La exportaci¢n, mayoritariamente a Inglaterra y Fran- cia tambi‚n, se compone de ganado, cueros de cabra y vaca, lanas, huevos, cera y esparto; en conjunto, de menor importancia que las importaciones. Con el crecimiento de la poblaci¢n y variaciones al alza de la guarnici¢n local, se produce un incremento del consu- (l) M. S nchez Valenzuela. Una idea sobre el puerto de Melilla. 1904. (> de la frontera argelina. Los puestos franceses de Nemours y el nuevo de Port-Say se convierten en rivales poderosos del de Melilla. Esta nueva situaci¢n afecta principalmente al comercio de importaci¢n-exportaci¢n, estando, por el contrario, el comercio interior, en expansi¢n inducida por el aumento de poblaci¢n -6.000 personas en 1900- considerable des- de 1893. Desde esta ‚poca, Melilla atrae la atenci¢n del comer- cio e industria catalano-levantina que, tras la p‚rdida de las colonias ultramarinas, busca nuevos campos de expansi¢n, inter‚s que se aprecia, en el plano de las intalaciones que no de las realidades, en los Congresos Africanistas (1907- 1910) propiciados por los irrelevantes Centros Comerciales Hispanomarroqu¡es. En 1899 se hab¡a fundado la Asociaci¢n Mercantil e In- dustrial de Melilla, antecedente de la C mara de Comer- cio, organismo que habr  de esperar a 1906 para su consti- tuci¢n ansiada. Aunque la estancia del Roghi en los alrededores de Me- lilla favorece durante unos a¤os el comercio interzonal, la ocupaci¢n por Francia desde 1907 (Uxda), de la zona de in- fluencia y protectorado autoasignada en elTratado de 1904 y la creaci¢n de los llamados <> de Berkane y Guercif, con posterior cierre de la frontera entre protecto- rados futuros, el comercio espa¤ol se repliega sobre la zona de Melilla especialmente desde el comienzo de la campa¤a de 1909, en que la llegada de 42.000 soldados propicia un autoconsumo interno que se ha de perpetuar en el tiempo. De los 18.000.000 de pesetas importadas en 1908 se pasa, en 1911, a los 44.500.000 de pesetas. Desde 1911, Melilla centrar  su actividad econ¢mica en la guarnici¢n militar, poblaci¢n local y zona de protectorado en Marruecos asig- nada a Espa¤a. Ej‚rcito y Protectorado, dos claves para una econom¡a local (l911-1930) Tras la disminuci¢n de la zona comercial de Melilla, este tipo de actividad se concentra, como dijimos, en Meli- lla y el territorio que va ocupando el ej‚rcito de interven- ci¢n. La existencia de unas tropas numerosas y permanen- tes que quintuplican o sextuplican la guarnici¢n existente en 1908, de apenas 4.500 hombres, justifica la llegada, des- de 1909, de un nuevo tipo de comerciante, procedente de las zonas levantinas y catalana que ser  el principal prota- gonista de la nueva econom¡a local desplazando al hebreo, quien sigue conservando, pese a todo, el monopolio de las importaciones-exportaciones relacionadas con los produc- tos solicitados por el elemento ind¡gena y los que vienen de las cabilas, productos poco diversificados que se repiten a¤o tras a¤o sin apenas variaciones. El hebreo se desplaza a los poblados ocupados llevando el comercio hasta ellugar de demanda y oferta. Melilla aprovecha las ventajas del nuevo puerto en construcci¢n en el que atracar n los vapores desde 1913, lo mismo que al a¤o siguiente comenzar  el embarque del mi- neral de hierro procedente de Uixan y del que Melilla s¢lo es cargadero de una empresa que decide en Madrid y ejecu- ta en Marruecos. La dependencia de la econom¡a local, muy comercial y poco industrializada, de las incidencias relacionadas con la intervenci¢n militar, convierte a aquel sector en elemento inestable, sujeto a los vaivenes que propicia la indecisi¢n de la pol¡tica marroqu¡ gubernamental. Rumores como el traslado a M laga de la Capitan¡a de Melilla, en 1911, producen un p nico general en la ciudad. La finalizaci¢n de las operaciones de las distintas campa¤as se traduce en gran cantidad de traspasos, cierres, suspen- siones y quiebras. Solamente sobreviven los mejor organi- zados y los que m s han diversificado su actividad. El co- mercio local es acaparado por excesiva cantidad de bazares y almacenes generales que viven para el momento. Es sig- nificativo que en estos a¤os primeros ning£n gran banco nacional se establece en Melilla. El Banco de Cartagena, relacionado con los negocios mineros, se establece en la ciudad en 1908 coincidiendo con los primeros pasos de las compa¤¡as mineras. La primera gran crisis comercial se produce tras el co- mienzo de la primera guerra mundial, acontecimiento que exige la paralizaci¢n de las operaciones de penetraci¢n en el Rif y la consecuente repatriaci¢n de tropas. Crisis econ¢- mica y crisis social que afecta principalmente al comercio hebreo establecido en Melilla en desventaja al estar some- tido a tributos no existentes en el Protectorado. A finales de la d‚cada, el problema se agrava con la p‚rdida de las cosechas en el Rif y la baja del franco. El reinicio de las ope- raciones militares en 1920 es solamente un ligero paliativo de la situaci¢n. Como en 1909, tiene que ser la campa¤a de 1921, tras el Desastre de Annual la que levante el alica¡do comercio e industria de Melilla, en un principio tambi‚n afectado por el desastre de julio. La amplitud de las operaciones con el espectacular aumento del ej‚rcito expedicionario y la recu- peraci¢n relativamente r pida del territorio perdido, pro- duce un auge econ¢mico sin precedentes en la zona y, pro- bablemente, sin consecuentes. Es la ‚poca de la euforia de Melilla, coincidente, aunque por otros motivos bien distin- tos, con los felices a¤os veinte del resto del mundo. Au- menta considerablemente el n£mero de comerciantes e in- dustriales, y las importaciones alcanzan cifras impensables con anterioridad. En 1927, a¤o £ltimo de las campa¤as, las importaciones superan la cifra de los 80 millones, cuando ya la crisis asoma en la zona. Y es que el bienestar econ¢mico es un ¡dolo de fr gil peana. Desde 1924 se nota un exceso de crecimiento en el n£mero de comerciantes y en el de mano de obra sin ocupa- ci¢n definida, lo que provocar  un enorme desnivel entre la oferta y la demanda, con niveles de ingresos cada vez m s reducidos, circunstancia que se agravar  m s aun cuando, desde 1926, se implante en Melilla la contribuci¢n indus- trial y comercial. La selecci¢n natural act£a condenando al cierre a buena parte del exceso del negocio local. Por otra parte, el Desembarco de Alhucemas en 1925 pruemueve la formaci¢n de un nuevo poblado costero en cierto modo rival de Melilla: Villa Sanjurjo. Este incipiente poblado recoge para s¡ la zona del Rif central, hasta ese mo- mento acotado para Melilla, con lo que ‚sta pierde un mer- cado importante aunque irregular. Adem s, parte de la guarnici¢n de Melilla se destina a guarnecer la zona del Rif recientemente ocupada. Las diferencias tributarias con el Protectorado hace que un sector del comercio se desplace hacia Marruecos. Es el comienzo del poblado de Beni-Ensar, suburbio de Melilla al otro lado de la frontera que tiene las ventajas de ambas zonas. El Ej‚rcito centraliza sus compras para unificar mate- rial y vestuario adquirido a menor coste, por lo que, algunas industrias de confecci¢n nacidas exclusivamente para sumi- nistros de las unidades militares se ven obligadas a cerrar. Con la repatriaci¢n progresiva, desde 1927, la crisis se (>. La crisis comercial coincide con la crisis social alcanzan- do incrementos paralelos. A principios de 1931 quedan paralizadas las obras del Protectorado, produci‚ndose un estancamiento inmediato en la zona. Esta situaci¢n arrasta hacia Melilla gran canti- dad de obreros procedentes de Marruecos que agravan la ya dif¡cil coyuntura de la ciudad. La Rep£blica reci‚n nacida apenas puede hacer otra cosa que organizar una beneficencia eficaz y procurar el trabajo para los parados que le permita la disminuci¢n de ingresos municipales resultante del marasmo comercial. Gran parte de los recursos municipales ser n dedicados a aliviar el paro, quedando pendientes todas las obras de in- fraestructura urbana, algunas urgentes. Las obras del puer- to se paralizan por falta de consignaciones en 1932. En el cap¡tulo de industria, en s¢lo dos a¤os, de 1930 a 1932, la matr¡cula industrial sufre una disminuci¢n del 40%. La crisis se mantendr  hasta bien entrados los a¤os cua- renta. En estos a¤os, un importante n£mero de comercian- tes se pasaron a la zona del Protectorado al establecerse la Ley de Usos y Consumos. En esta ‚poca la inversi¢n de importantes cantidades en Obras P£blicas de Melilla y Marruecos absorbe una gran cantidad de mano de obra. La miner¡a, debido a la deman- da exterior, recupera el ritmo de crecimiento, aumentando las exportaciones de mineral por el puerto de Melilla. La existencia de un Cuerpo del Ej‚rcito en la zona aviva un mayor consumo que alivia la anterior falta de demanda. La situaci¢n econ¢mica de Melilla se asocia al auge eco- n¢mico mundial en el transcurso de los a¤os cincuenta. Veamos unas cifras significativas de la evoluci¢n econ¢mi- ca (presupuestos municipales cuyos ingresos m s impor- tantes se cifran en el impuesto tradicional de aforos): 1940............................ 4.969.256 1945............................ 10.486.325 1950............................ 18.616.253 1955............................ 32.400.118 (Fuente: Revista Africa, julio 1965) Tras la Independencia de Marruecos hay una contrac- ci¢n en el movimiento comercial y algunas industrias, esta- blecidas de cara al Protectorado, deben cerrar sus instala- ciones. Desde entonces, con los necesarios ajustes, Melilla ha sabido conservar el comp s econ¢mico que le permite, hasta el momento y no sin sobresaltos, sobrevivir. MELILLA lNDUSTRIAL Apenas podemos hablar de industria hasta la creaci¢n de las compa¤¡as mineras, instaladas en Marruecos desde 1907. Con anterioridad la industria local se reduce a peque- ¤os artesanos individuales, algunos secaderos de pieles para la exportaci¢n y un exagerado n£mero de cantinas, bares y caf‚s que dan un especial car cter a la ciudad con- servado durante muchos a¤os. En 1907, para aprovechar la riqueza pesquera de la zona, un italiano, Luigi Dassori, se establece en Melilla montando una f brica de salazones que en poco tiempo toma una importante dimensi¢n, exportando la producci¢n a Italia, Estados Unidos y a otros pa¡ses mediterr neos. Desde antiguo la pesca ha sido un importante recurso local, especialmente desde la habilitaci¢n del puerto pes- quero en los a¤os veinte. De este factor econ¢mico han vi- vido entre 1.200 y 1.500 familias, actividad en la que se en- cuentran sus derivados. Entre 1920 y 1930 se extra¡an de 3 a 4 toneladas de pescado, la mayor parte exportado a la Pe- n¡nsula. Durante las campa¤as tuvieron cierta importancia los establecimientos de confecci¢n de vestuario para el Ej‚rci- to, desaparecidos al centralizarse las compras en el Minis- terio de la Guerra. Dentro del cap¡tulo de la industria destacan las compa- ¤¡as mineras, aparecidas en Melilla desde 1905, aunque la noticia de la existencia de minerales de hierro en la zona puede remontarse a mediados del siglo XIX, produci‚ndo- se las primeras denuncias en Melilla en el a¤o 1903. Los franceses fueron pioneros en la investigaci¢n mine- ra de los yacimientos de Benibu Ifrur, probablemente ad- vertidos por Mr. Delbrel, <> del Roghi Bu Ha- mara. Pronto entr¢ en competencia con ellos un importan- te grupo de la oligarqu¡a peninsular, inicialmente encabe- zado por Clemente Fern ndez, quien entr¢ en contacto con el Roghi a trav‚s del hebreo David Charvit, proveedor de aqu‚l. Lograron convencer al Sult n del territorio para que les concediera la explotaci¢n de las minas por un per¡odo de 99 a¤os, y su facilidad de explotaci¢n. La riqueza del mineral, de hasta un 63%, movi¢ a la r - pida formaci¢n de la Compa¤¡a Espa¤ola de Minas del Rif quien comenz¢ las obras preliminares con urgencia. La construcci¢n del ferrocarril minero fue el aparente motivo del comienzo de la campa¤a de 1909. Terminada aquella la CEMR logr¢ quedarse con los mejores criaderos (Uixan) compitiendo con la Compan¡a francesa del Norte Africano (CNA) que tom¢ la explotaci¢n de las minas del plomo de Afra y una participaci¢n del 15% en la de Uixan. Este £lti- mo canon dej¢ de abonarse en 1918 al comprar la CEMR el ferrocarril franc‚s, arrendado en 1923 a la compan¡a Se- tolazar. Los primeros embarques de mineral se efect£an en 1914, despu‚s de la concesi¢n definitiva por el super rbitro en el mismo a¤o, siendo Inglaterra el principal cliente. En 1915 se extraen 70.000 Tm. En 1916 la compa¤¡a ten¡a una plantilla de 700 marroqu¡es trabajando a destajo. Se abo- naba al Gobierno marroqu¡ el 3% del producido, calcul n- dose en ese a¤o que el criadero ten¡a unos 10.000.000 de to- neladas. El embarque se hac¡a desde el muelle Becerra a base de barcazas cargadas y descargadas a brazo. En 1924 se inau- gura el cargadero de mineral mecaniz ndose todas las ope- raciones. En 1927 se alcanzaba una exportaci¢n de 710.678 Tm. de mineral, pero con la crisis de 1929 la demanda dis- minuye hasta las 146.500 Tm. En 1935 recupera la exportaci¢n hasta las 900.000 Tm., estim ndose que la reserva de mineral llega a los 20.000.000 de toneladas. La Compan¡a del Norte Africano se funda en 1907 con capital franc‚s si bien establece su domicilio social en Ma- drid. Explota la mina de plomo de Afra, cuyo primer em- barque se efect£a en 1915, por el muelle del puerto de Me- lilla. En 1925 se dio por consumido el fil¢n. El yacimiento pas¢ a ser explotado por la C¡a. European North African Mines Ltd. que sigui¢ extrayendo plomo (2.500 Tm. en 1932). La Compan¡a Setolazar, con sede en Bilbao, fue creada el 9 de junio de 1913, por los se¤ores Setuains, Olavarriaga y Ortiza de Z rate, con pretensiones de explotar las minas de hierro de Beni Urriaguel y Beni Tuzin. En 1914 el se¤or Netter aport¢ la mina Navarrete de 2.000 Ha. situada en BenifuIfrur, base de las explotaciones desde esa fecha. Otras compa¤¡as como Muller (1910), La Alicantina (1915), La Andaluza (1916) e Hispano-Africana (1927) tu- vieron menor importancia en la zona de Melilla. EXPANSION URBANA DE MELILLA En el umbral de una nueva ciudad (1861-1893). Primera fase. No cabe duda sobre las circunstancias extraordinarias que concurren en la formaci¢n de la ciudad de Melilla, puesto que esta se completa en poco m s de medio siglo so- bre un terreno anteriormente perteneciente a Marruecos y en donde no existe precedente de construcci¢n alguna aparte de los antiguos fuertes perdidos y el poblado marro- qu¡ de Cabrerizas. Por ello el espacio temporal que consideramos a conti- nuaci¢n se caracteriza en primer lugar, por la existencia de un nuevo territorio de soberan¡a anteriormente no ocupa- do ni siquiera dominado. Aparecen, en segundo lugar, los primeros barrios exte- riores, fuera de los recintos hist¢ricos donde se ha vivido durante cuatrocientos a¤os. Este crecimiento urbano viene solicitado por un creci- miento de poblaci¢n, en principio lento, de car cter inmi- gratorio cuyo origen es en parte hebreo y en parte oriundo de la provincia de M laga. El mismo tratado de 1861 que induce, complementado por la ley de puerto de 1863 y R.D. de 1864 sobre perma- nencia en el territorio, una superior actividad comercial, crea asimismo las condiciones necesarias b sicas para un aumento de poblaci¢n. No puede hablarse, sin embargo, de explosi¢n demo- gr fica puesto que el incremento de que hablamos fue, en los a¤os que restan del siglo, muy lento, si lo juzgamos en t‚rminos relativos a lo que podemos juzgar como una ciu- dad densamente poblada. As¡, por ejemplo, es necesario que transcurran veinte a¤os para que se doble la poblaci¢n civil de 1860, estimada solamente en unas 375 almas, aun- que es evidente que Melilla tiene ya el germen de la poste- rior explosi¢n demogr fica. Solamente espera un aconteci- miento extraordinario que la ponga en movimiento. Tanto en el orden cuantitativo como en el cualitativo, y hasta la confecci¢n de los primeros padrones conocidos, en 1880, nos encontramos en una gran penumbra, por lo que en esta cuesti¢n es preciso andar con una gran cautela. No hay duda sobre la llegada de hebreos comerciantes desde 1864. Quiz  sea este hecho, conjuntamente con los aumentos de guarnici¢n militar, lo m s caracter¡stico del movimiento poblacional hasta 1893. En una plaza ya suficientemente colmada, donde el pri- mer recinto ya no admite mayor poblaci¢n, este peque¤o movimiento inicial es suficiente para prever un crecimiento inminente. No es extra¤o, pues, que basado en el plan de ensanche de fortificaciones de 1865, que ya preve¡a esta po- sibilidad, se aprobara en 1868 un proyecto de ensanche de la plaza que, aunque inoperante durante veinte a¤os desde el punto de vista urbano, puede decirse, con buena volun- tad, que constituye el primer plan de ordenaci¢n urbana de Melilla. Para que la ciudad se expanda es preciso esperar a la creaci¢n del primer organismo municipal con car cter de tal en Melilla: la Junta de Arbitrios, nacida en 1879. En 1881 se autoriza a Manuel Ferrer la construcci¢n de unas viviendas de piedra y barro en la Alcazaba, primero de los barrIos construidos fuera del primer recinto. En 1884 viv¡an en el barrio 128 personas de una poblaci¢n de 1.204 almas. Desde ese mismo a¤o -1881- comienzan a llegar va- rias familias hebreas procedentes de las cabilas cercanas, especialmente Beni Sidel, quiz  como consecuencia de la Conferencia de Madrid de 1880 o disposiciones del Minis- terio de Estado de 1881 acogiendo a los hebreos orientales. Para albergar a esta poblaci¢n inesperada fue preciso habi- litar un barrio provisional de barracas de madera en el Mantelete interior. Con el constante incremento de poblaci¢n en este ba- rrio y en el de la Alcazaba, las autoridades piensan, al am- paro de los fuertes que se construyen en el campo exterior, en autorizar la construcci¢n de un barrio en el campo cita- do; autorizado por el Capit n General en 1886, se produce un interesante cambio cualitativo en la ciudad; primero, porque se trata de ocupar terrenos asignados al ramo de Guerra, como zona pol‚mica en su totalidad, y segundo, porque se abandonan las antiguas fortificaciones rompi‚n- dose un cors‚ que ha durado siglo y medio. As¡, por R.D. de 29 de noviembre de 1888, nace el ba- rrio del Pol¡gono en el <> a medio kil¢metro de las murallas. Antes, en marzo del mis- mo a¤o, se autorizaba la venta de terrenos en el Mantelete interior, excepci¢n extraordinaria, pues por disposici¢n de 1868 no estaba permitida la venta de terrenos; en el barrio que nace al pie de la muralla del segundo recinto se instala el principal comercio de Melilla. Ambos barrios, Pol¡go- no y Mantelete, estaban concluidos a finales de 1891. Las barracas que exist¡an en ese lugar pasan al Mantelete exte- rior separado del primero por una muralla que divide dos colectividades de distinto orden social. Parte de los hebreos ocupantes de las barracas se desplazan al barrio del Pol¡go- no que se convierten as¡ en un voluntario mellah. En marzo de 1893 el primer recinto alberga 1.154 perso- nas, el Mantelete 523, la Alcazaba 332 y el Pol¡gono 1.022. Un total de 3.031 habitantes, de ellos, solamente 523 son naturales de Melilla. Segunda etapa: De la ciudad presidiaria a la nueva ciudad (1893-1909) Este segundo per¡odo urbano tiene, a su vez, caracter¡s- ticas definidas que le independizan del anterior y del si- guiente. En primer lugar, hay un aumento inesperado de pobla- ci¢n motivado por la campa¤a de 1893. Este aumento de poblaci¢n que viene tras las tropas obliga a permitir el alojamiento en barrios improvisados que nacen an rquicamente y al margen de la ley. Se construyen barrios nuevos de trazado regular pero mediatizados por las necesidades militares. Al final del per¡odo surge el gran barrio residencial y co- mercial de Melilla, actual centro urbano. Se han construido siete nuevos barrios sin previo proyecto de urbanizaci¢n general. Como todos los acontecimientos b‚licos que en el futu- ro ser n, la guerra de Margallo acelera considerablemente el proceso urbano y poblacional de Melilla. Un ej‚rcito de 22.000 hombres concentrados en la zona cercana al centro, arrastran tras de s¡ a buen n£mero de esa poblaci¢n que vive en los alrededores de los campamentos y de los cuales saca su subsistencia. Cantineros, buhoneros, reposteros... Tras de ellos vienen los que, a su vez, en la <> humana, sobreviven gracias a aquellos. Empleados, jornaleros, obreros... La <> de Rodrigo Soriano comienza a agitarse. La autoridad militar autoriza, ante la demanda de aloja- miento, la construcci¢n de cuevas y chabolas sobre las lade- ras de Ataque Seco, en las cercan¡as de la ca¤ada del nuevo cementerio. Las barracas del Mantelete, por necesidades de las tropas, pasan, en parte, al pie del cerro de Santiago donde se forma un nuevo barrio de heterog‚nea poblaci¢n que se convierte en un aut‚ntico <>. Las cerca- n¡as del barranco del Pol¡gono se llenan de una abigarrada mezcla de chabolas, cuevas y barracas. La autoridad militar, sentando un precedente, se arroga el derecho de admisi¢n en esta nueva tierra prometida y vuelve a enviar a su lugar de origen al exceso de poblaci¢n, (> y hoy, desde la Re- p£blica, el de Hern n Cort‚s. Superada la capacidad de admisi¢n de viviendas en Ba- ter¡a J, se autoriza, demarc ndose solares, la construcci¢n en Cabrerizas Bajas y Reina Regente, form ndose desde 1923 y 1924, respectivamente, los barrios de su mismo nom- bre, formados por barriadas. En 1924 se autoriza asimismo la instalaci¢n del barrio musulm n de la Ca¤ada de la Muerte. La gran capacidad de absorci¢n de viviendas que tiene el barrio de Cabrerizas Bajas, donde se demarcan solares de 60 metros cuadrados, permite trasladar durante varios a¤os todas las construcciones ilegales que vayan surgiendo en los distintos puntos de la ciudad. De forma tr gica, en septiembre de 1928 explosiona el polvor¡n existente en el viejo fuerte de Cabrerizas Bajas ocasionando la destruc- ci¢n de m s de mil barracas de las existentes en la zona. Inmediatamente despu‚s de la explosi¢n se levanta en las alturas de Alfonso XIII el barrio del General Primo de Rivera, dise¤ado por el propio General, en el que se alber- gar n 80 familias de las damnificadas por el suceso. El ba- rrio de Cabrerizas vuelve a resurgir, pero esta vez las auto- ridades , alertadas por las p‚simas condiciones de las anti- guas barracas, obliga a construir las cosas de mamposter¡a. Con la paralizaci¢n de las operaciones, producida por el final de las campa¤as, no se termina el chabolismo impe- rante; por el contrario, durante la vigencia de la Rep£blica se inicia, al margen de toda legalidad y en terreno del Ej‚r- cito, un nuevo barrio de barracas, el actual de Calvo Sote- lo, barrio activado tras el anuncio de la inmediata ley de ce- si¢n de bienes del patrimonio del Estado al municipio, ley promulgada el 27 de julio de 1933. La poblaci¢n de Melilla, ni siquiera en ‚pocas de crisis profunda, ha dejado de cre- cer de forma continuada, obligando a la formaci¢n de ba- rrios improvisados. Con la Melilla surgida el a¤o 1940, se comienza el barrio de Garc¡a Vali¤o, con pretensiones de barriada autosufi- ciente. En los a¤os siguientes se va completando el terreno comprendido entre el barrio de Calvo Sotelo y el de Garc¡a Vali¤o; entre los grupos construidos est n las Casas Ultra- baratas, en las que se alojar  a los ocupantes de las barracas derruidas para la construcci¢n del actual Campo de Depor- tes. Cerrando el proceso, con proyecto de 1954, se levanta en las alturas de Camellos, £ltimo suelo urbano aprovecha- ble para la construcci¢n de un gran barrio, el de la Virgen de la Victoria. Con ‚l consideramos acabado globalmente todo el proceso de expansi¢n urbana de Melilla, proceso que apenas ha durado poco m s de medio siglo. Todos los barrios nacidos posteriormente, y hasta la construcci¢n del nuevo de la Constituci¢n, no han hecho m s que completar y rellenar los huecos existentes. Se pue- de decir que el n£cleo urbano b sico de la Melilla actual es- taba pr cticamente formado a la terminaci¢n de las campa- ¤as que le dieron vida y crecimiento. Arquitectura: de la Acr¢polis a la ciudad moderna No es posible referirse a la expansi¢n urbana de Melilla sin hacer menci¢n de las caracter¡sticas de la construcci¢n, reflejo de la personalidad de la ciudad. Hasta finales del siglo XIX puede decirse que la cons- trucci¢n en Melilla tiene un car cter fundamentalmente aut¢ctono. Las rese¤as sobre viviendas y alojamientos de la poblaci¢n nos convencen de que en la antigua ciudadela predomin¢ durante siglos la construcci¢n elemental con materiales ligeros de escasa consistencia con propensi¢n al deterioro r pido. El tipo b sico era una casa de planta baj a sobre 50-60 metros cuadrados de solar. Excepto en algunos edificios de cierta relevancia como el Gobierno Militar y Comandancia antiguos -hoy dependencias militares- la mayor¡a de la construcci¢n tiene escaso valor arquitect¢ni- co. El Pueblo y los r‚cintos tienen sobre todo un enorme inter‚s hist¢rico y militar por sus torreones, murallas y ba- luartes que siguen cronol¢gicamente los estilos del arte de la fortificaci¢n. Los barrios del Mantelete y Pol¡gono, relativamente re- cientes muestran una arquitectura conservada hasta hoy casi en las mismas condiciones de su construcci¢n primige- nia. Este tipo de viviendas de planta baja y un piso,sin da- tos exteriores importantes, se conservan hasta 1910. Los materiales son pobres pues en la obra de mamposter¡a se aprovechan todos los elementos de circunstancias disponi- bles (ladrillo, asper¢n, material de derribo, etc.) dado lo elevado del coste del material para la construcci¢n. En su porte se observan influencIas andaluzas, sobre todo, en su tiempo, por el color blanco predominante que llamaba la atenci¢n de los eventuales visitantes extranjeros. Entre 1909 y 1910 se dan dos hechos fundamentales: la llegada en junio de 1909 de Enrique Nieto y la aprobaci¢n del Plan de Urbanizaci¢n de Jos‚ de la G ndara en mayo de 1910. La llegada de Enrique Nieto es providencial. Des- de esa fecha, y sobre todo en los a¤os de euforia econ¢mica local, 1910-17 y 1922-27, el modernismo tard¡o cambia ra- dicalmente de aspecto a la ciudad. Los primeros pisos sir- ven de base a segundas, terceras y cuartas plantas que su- ben a medida que la burgues¡a local prospera en sus nego- cios. La burgues¡a de Melilla, como todas las burgues¡as europeas, sintoniza con las nuevas actitudes est‚tico-filos¢- ficas de la ‚poca, reivindicando lo subjetivo y la fantas¡a li- bre con imitaci¢n de los procesos y formas de la naturaleza en sus viviendas. Los edificios de la Avenida, n£mero uno (1916), n£mero dos (1911), fachada del n£mero nueve (1915), edificio de la Reconquista (1916), antiguo hotel Reina Victoria (Casa de los Cristales, 1927), etc., son muestras significativas de esta construcci¢n, en la mayor¡a de las cuales se ve la mano del <> Enrique Nieto. Por supuesto estas muestras de arquitectura son tanto m s relevantes dentro de la construcci¢n local cuanto m s nos acercamos al centro urbano. Los barrios perif‚ricos, aun- que tambi‚n participan del auge econ¢mico temporal, son significativamente menos destacados, al albergar en su ma- yor parte una poblaci¢n de clase media baja y obrera que ni participa del medio cultural ni puede permitirse las in- versiones de la alta mesocracia centrourbana. Su participa- ci¢n en el buen momento econ¢mico se refleja, general- mente, en la variaci¢n en altura de los edificios y en algunos adornos de escayola que, pese a su elementalidad contribu- yen a dar un aire definido a los barrios. La falta de esp¡ritu inversionista en Melilla ha sido una gran suerte para la ciudad que de otra forma hubiese sufri- do los mismos desaguisados urbanos que la mayor¡a de las ciudades espa¤olas. Melilla conserva un aspecto general si- milar al de hace sesenta a¤os y salvo algunos casos deplora- bles de agresi¢n urban¡stica podemos felicitarnos de tener una urbe en la que, sin entrar en consideraciones de valor arquitect¢nico, merece la pena vivirla y conservarla. EVOLUCION DE LA FUNCION POLITICO-ADMINISTRATIVA De lo militar a lo civil. No puede dudarse que lo militar ha dado color a casi todo lo relacionado con la organizaci¢n pol¡tico-adminis- trativa local hasta 1931, o incluso, aunque mitigado, hasta nuestros d¡as. Las especiales circunstancias de la ciudad, lejos de la Pen¡nsula y permanentemente nimbada por un contencioso territorial con el vecino pa¡s, han contribuido a crear esta atm¢sfera marcial de la que dif¡cilmente podr  desprenderse en ning£n momento. A£n con todo, en el transcurso del tiempo Melilla ha ido complet ndose con una diversidad de organismos adminis- trativos y sociales conducentes a la formaci¢n de una ciu- dad lo m s semejante posible a cualquier otra espa¤ola. Hasta 1928, el comandante General de la plaza es m xi- ma autoridad gubernativa en todos los ¢rdenes. Desde esa fecha, la autoridad militar territorial sigue desempe¤ando el mando superior, pero en los territorios de soberan¡a de- sempe¤a el cargo de Delegado gubernativo, con ese nom- bre, un jefe militar con jurisdicci¢n delegada, cargo que durante la Rep£blica ser  desempe¤ado por civiles aunque continuando la dependencia del Alto Comisario. Volver  a ser designado un militar desde 1936, hasta que reciente- mente se han nombrado delegados civiles. Administraci¢n local y militar se confunden en la pr c- tica hasta 1879, fecha de creaci¢n de la Junta de Arbitrios, peculiar ayuntamiento formado exclusivamente por perso- nal militar, aunque con funciones estrictamente municipa- les. En 1902 la Junta se reforma dando entrada en la misma a igual n£mero de vocales civiles que militares. Su actua- ci¢n, hasta la creaci¢n de la Junta municipal en 1927, y m s concretamente, hasta el Ayuntamiento de 1930, ser  blan- co de ataques y defensas enconados. Para sus enemigos se trata de un ¢rgano tutelar inadmisible en una ciudad con contribuyentes que exigen intervenir en la gesti¢n de sus presupuestos; para sus defensores, es un ¢rgano militar apropiado para una plaza militar, donde est  siempre la- tente el estado de guerra. Por R.D. del 14 de febrero de 1927, la Junta de Arbi- trios se transforma en Junta Municipal, compuesta igual- mente por vocales civiles y militares aunque en mayor n£- mero. Su organizaci¢n, a cargo de C ndido Lobera, segun- do presidente, se acerc  m s a£n a lo que debe ser una cor- poraci¢n municipal bajo el punto de vista administrativo y de actuaci¢n corta, aunque meritoria, resalta la labor de Lobera, presidente hasta la constituci¢n del Ayuntamien- to, creado por R.D. de lO de abril de 1930. Desde las elec- ciones municipales de abril de 1931 estaba formado por concejales de distintas tendencias pol¡ticas; en 1936, cam- bia su organizaci¢n siendo sus miembros elegidos por la au- toridad, esquema que, en l¡neas generales, se ha converti- do hasta la designaci¢n de concejales familiares, volvi‚n- dose a la constituci¢n de creaci¢n en 1930, desde 1979. La administraci¢n de justicia estuvo tradicionalmente vinculada a personal militar con destino en la plaza; esta circunstancia cambia parcialmente con la creaci¢n por ley de 3 de marzo de 1917 del juzgado de l¦ instancia depen- diente de la Audiencia Territorial de Granada. Hasta 1911 todos los asuntos relacionados con haberes de funcionarios se tramitaba en M laga. En agosto de ese a¤o se crea la Depositar¡a Especial de Hacienda de Melilla. Al salir el decreto de Reglamentaci¢n del Patrimonio del Estado en Ceuta y Melilla, en mayo de 1934, se organi- zan administraciones especiales del patrimonio a cargo de un funcionario de Hacienda. Por ley de 30 de diciembre de 1945 se adjudica una Sub- delegaci¢n de Hacienda a Melilla. El Banco de Espa¤a fue creado por R.D. de 3 de no- viembre de 1911, estableci‚ndose en el n§ 14 de la calle Ca- nalejas, hoy Ej‚rcito Espa¤ol. El actual edificio es proyec- to de 1935. La C mara de Comercio se crea por R.O. de 26 de sep- tiembre de 1906, estableci‚ndose en un local adjunto al de la Junta de Arbitrios (calle de la Iglesia), pasando poste- riormente a otro local cedido por la JOP. En 1914 se trasla- da a su sede actual, obra de Enrique Nieto. Ha sido un or- ganismo de decisiva influencia en la ciudad, sobre todo en vida de Pablo Vallesc , creador y presidente hasta su falle- cimiento en 1918. El puerto de Melilla es declarado de inter‚s general en 1902, comenz ndose a construir el 8 de junio de 1909. Los vapores correos atracan en ‚l desde 1913. Afectado por el temporal de 1914 que lo destruy¢ casi por completo, se ter- min¢ el primer tramo en noviembre de 1916 y la segunda rama en 1918. Los muelles de Ribera se terminan en 1922 y la prolongaci¢n hasta su estado actual, tras varios a¤os de paralizaci¢n de las obras, en 1944. Por R.O. de 21 de mayo de 1910 se adjudica a la Com- pa¤¡a Vapores Correos de Africa el servicio entre Melilla y M laga. Esta compa¤¡a se funde en 1916 en un trust con la Trasmediterr nea, ‚sta £ltima fundada dos a¤os antes. Las compa¤¡as se constituyen en una nueva y £nica con el nombre de Trasmediterr nea en 1921, entidad a la que se adjudica el servicio por diez a¤os y que, con contratos suce- sivos, mantiene las l¡neas M laga-Almer¡a-Melilla hasta hoy. En el transporte interior, se puede decir que hasta la constituci¢n de la OAMSA en 1927, el servicio de viajeros por autobuses entre barrios es irregular, al no concederse exclusivas; tras aquella fecha, las compa¤¡as existentes se ponen de acuerdo en el reparto de l¡neas. La compa¤¡a OAMSA desaparece durante la Rep£bli- ca quedando en manos de una cooperativa de trabajadores; m s tarde la compa¤¡a regular se convierte en la COA ac- tual. Sanidad y beneficencia Quiz  sea el aspecto sanitario el menos brillante de cuantos consideramos en estas p ginas. Ya se ha hecho alguna menci¢n en l¡neas anteriores so- bre las carencias de la ciudad en los siglos anteriores. No es preciso remontarse tan atr s. En este mismo siglo y hasta los a¤os cincuenta el palu- dismo puede considerarse enfermedad com£n en la zona, lo mismo que las enfermedades gastrointestinales y la tu- berculosis, consecuencia de las deficiencias sanitarias y mala alimentaci¢n en los barrios del cintur¢n de Melilla. La ciudad ha sido considerada como <> pues ha sido en ellos donde las enfermedades han hecho es- tragos. Una visita a la necr¢polis local es suficientemente ilustrativa. En 1908, seg£n cifra aportada por Morales, la mortali- dad era del 16%. En 1925 era del 30,8%, siendo la media espa¤ola del 19,78%. En 1931 hab¡a bajado al 18,44%, siendo sin embargo la infantil (de menos de un a¤o) del 30,13%. En a¤os poste- riores el estado sanitario ha mejorado sensiblemente, pu- di‚ndose decir que las antiguas y fat¡dicas enfermedades han desaparecido para siempre. Hasta la cesi¢n a la Cruz Roja, por parte de la Junta de Arbitrios, del hospital actual en 1922, la atenci¢n hospitala- ria se centraba exclusivamente en los hospitales militares. Desde entonces la pol‚mica sobre creaci¢n de hospitales ci- viles no ha cesado hasta nuestros d¡as. Especial relevancia tiene la beneficencia desde la crea- ci¢n de la primera Junta ben‚fica de 1904, refundada por iniciativa del General Villalba en abril de 1913. Su primera iniciativa fue la construcci¢n del Comedor Popular inaugurado en 1915. La Junta costeaba sus enor- mes gastos a base de los ingresos por alquiler de sillas en el Parque Hern ndez, donativos voluntarios, subvenciones municipales y, principalmente, por las t¢mbolas ben‚ficas y rifas de caridad. En 1918 se inaugura la Gota de Leche y en 1924 los Asi- los de Ni¤os y Ancianos. Para darnos una idea de su importante labor, diremos que en 1928 cerca de 30.000 personas eran atendidas por la Beneficencia, 15.000 de ellas de forma permanente. Tres cuartas partes de la poblaci¢n recurri¢ en esos a¤os en algu- na ocasi¢n a la Beneficencia. SOCIEDAD Y CULTURA La vida art¡stico-cultural y recreativa Desde los tiempos no tan lejanos -1882- en que Pablo Vallesc  observaba a los oficiales de la guarnici¢n matando el tiempo con la pesca de ca¤a, recogida de conchas en la playa y conversaci¢n vespertina en los establecimientos he- breos, casinos improvisados, mucho ha cambiado en Meli- lla. En 1889 se funda el Casino Militar y no mucho despu‚s el C¡rculo de la Amistad, primer casino civil de Melilla. Pero es despu‚s de 1909 cuando la proliferaci¢n de c¡rculos y casinos en los nuevos barrios se hace notable; unos, ef¡- meros, otros resistentes al paso del tiempo. Pero todos ellos con unos programas fundacionales eminentemente culturales y, en segundo lugar, recreativos. Los programas culturales se han ido difuminando con el paso del tiempo hasta desaparecer por completo. En aquella l¡nea se funda- ron centros como el Centro de Cultura Popular (1914), C¡r- culo de la Uni¢n y Recreo (Casino de Suboficiales, 1914), Casino de Melilla (Pueblo, 1916), Centro de Hijos de Me- lilla (1917), Casino del Real (1918), Club Melilla (Hip¢dro- mo, 1918), C¡rculo Recreativo (Bater¡a J, 1927), Centro Cultural Reina Regente (1928), Casino de Recreo (Cabre- rizas Bajas, 1930), y mucho m s, de los que destacan como los m s antiguos supervivientes el Casino Militar (en su sede actual desde 1925), el Casino Espa¤ol (1900, Muro X) y la Sociedad H¡pica (1912). Dijimos que se ha perdido el car cter cultural de los centros recreativos. Ello es as¡ porque Melilla ya no es la <> como se dec¡a en los a¤os veinte. En este aspecto el paso del tiempo ha sido - creemos- negativo. Sin duda el nivel cultural medio es hoy m s elevado que entonces, pero la actividad cultural, por lo contrario, es menor, aunque en estos £ltimos a¤os se aprecie un renacer esperanzador. Hoy nos es dif¡cil concebir que durante muchos a¤os, los teatros Alc ntara (1897), Reina Victoria (1910), Alfon- so XIII (1912), Kursaal (1912), Villalba (1916) y Espa¤ol (1918) acogieran a las mejores compa¤¡as l¡ricas y teatrales quienes hac¡an estancias de quince d¡as y mayores, algunas de hasta cinco meses. Compa¤¡as de teatro como las de Carmen Cobe¤a (1910), Enrique Borr s (1916), Tallav¡ (1913), Mar¡a Guerrero (1923) o Margarita Xirgu (1929), por no citar m s que algunas de las m s relevantes, llena- ban los teatros, lo mismo que las compa¤¡as l¡ricas de Mer- cedes Capsir (1919), Eugenia Zuffoli (1927) o Moreno To- rroba (1932) o los int‚rpretes como Andr‚s Segovia (1914), Arthur Rubinstein (1917), Joaqu¡n Turina (1927), Regino S inz de la Maza (1928), Miguel Fleta (1928) o Hip¢lito L - zaro (1931), etc. Actividad que se complementa con los grupos de teatro de los centros recreativos o aficionados in- dependientes y de las sociedades musicales de las que se puede sacar un buen muestrario. Tambi‚n eran muy frecuentados los cines locales, desde la instalaci¢n del primero -Palacio de Proyecciones, 1906-, de corta vida, al cine Libia,(1909), Imperial (1911),Ideal (1914), Novedades (1923), Merino (1923), Moderno (1930), Goya (1931), Espa¤ol (1931), Alhambra (1931), Monumental (1932), Perell¢ (1932) y nuevo Kur- saal (1932), adem s de los teatros antes mencionados que alternaban las sesiones teatrales con proyecciones de pel¡- culas. Desde la antigua plaza de toros desmontable de la Alca- zaba, tres plazas m s se han sucedido hasta hoy en Melilla. En 1902 se inaugura la de la derecha del r¡o de Oro, de es- casa duraci¢n. La afici¢n de Melilla, dando pruebas de acendrada devoci¢n al espect culo, acud¡a a las plazas de Or n, M laga, Granada y Sevilla. En julio de 1924 se inaugura la plaza de la H¡pica, esce- nario de las m s importantes corridas de toros, pues por sus arenas pasaron diestros como Ca¤ero, S nchez Mej¡as, Fuentes Bejarano, Ni¤o de la Palma, Chicuelo, Juan Bel- monte, Algabe¤o, Armillita Chico, Bienvenida, Palme¤o, etc., tradici¢n continuada por la levantada en 1946, la ac- tual <>, hoy silenciosa sin toros ni afi- ci¢n. La pr ctica del deporte es coet nea de su aparici¢n en la Pen¡nsula. Desde sus primeros pasos organizados (Meli- lla Sporting Club, 1905), hasta su consolidaci¢n en socieda- des deportivas han de pasar algunos a¤os, en los que sola- mente la esgrima tiene alguna tradici¢n. En 1918 se crea la Federaci¢n de F£tbol Norteafricana, pionera de la organizaci¢n local. En 1925 hace su aparici¢n el Melilla F.C., quien inaugura su propio campo en el Real en 1930. Desde 1924 se juegan partidos internacionales. En 1932 hay un retroceso en la pr ctica del f£tbol, de- porte que vuelve a recuperarse en los a¤os cuarenta. En 1946 se inaugura el actual campo de deportes <>. Prensa y radio La prensa de Melilla es quiz  uno de los cap¡tulos m s sugestivos por su tard¡a aparici¢n y por la proliferaci¢n posterior de publicaciones casi todas ellas de vida muy cor- ta. Desde el Diario de Melilla (1893) hasta el actual <> (1902) se cuentan no menos de 120 publi- caciones, la mayor¡a surgidas en el primer tercio de siglo. En los a¤os veinte es posible contar hasta cuatro y cinco pu- blicaciones coincidentes, de ellas cuatro diarios. La Aso- ciaci¢n de la Prensa se crea en Marzo de 1912. El decano de la prensa local, <>, nacido el 1 de marzo de 1902 ha sido fiel notario del diario quehacer de la ciudad y £nico superviviente de archivo de las publicaciones aparecidas hasta la fecha. En 1933 se crea la emisora E.A.J. 21 Radio Melilla, una de las primeras emisoras en Espa¤a, voz y pulso de la Me- lilla moderna. Ense¤anza Desde antiguo, la elemental ense¤anza desarrollada en Melilla, escuelas de ni¤os, estuvo a cargo de los represen- tantes de la Iglesia. Es a partir de mediados del siglo pasa- do, con las primeras Juntas Municipales, cuando la ense- ¤anza queda en manos de maestros expresamente dedica- dos a esta labor. En 1883 funcionan dos escuelas de ni¤os y ni¤as de la ense¤anza y en 1893 una m s de p rvulos. El primer colegio de segunda ense¤anza, Nuestra Se¤o- ra de Africa, de car cter particular, es fundado por oficiales en 1890. A cargo de la Junta de Arbitrios se funda en 1897 el Colegio de Nuestra Se¤ora de la Victoria,tambi‚n de se- (> hasta 1932 en que la Rep£bli- ca lo adapta al mismo r‚gimen que los dem s institutos es- pa¤oles, separ ndose las ense¤anzas especiales, lo que se traduce en la fundaci¢n de la Escuela Normal de Magiste- rio por D. del 14 de enero de 1932 y de la Escuela de Artes y Oficios por D. del 8 de marzo de 1933, esta £ltima con un antecedente en 1907, de la que a£n se conserva la Escue- la de Dibujo municipal. Por su particularismo destacan las Escuelas Hispano - rabes o Ind¡genas creadas desde 1907, y la Academia de Arabe, con antecedentes en 1880, y creadas en 1904 por la Junta Municipal y en 1906 por el Ministerio del Ej‚rcito. En la ind¡gena y en la de  rabe fue profesor Mohammed ben Abd-el-Krim. Ambito religioso: cuatro religiones que conviven Durante cuatro siglos solamente podemos hablar de una sola cultura y una sola religi¢n: la cristiana. Nada pode- mos decir en este aspecto que se salga de lo normal en la sociedad espa¤ola de cada tiempo. La pr ctica de la regi¢n se basaba en la plantilla de sacerdotes, casi invariable, y la existencia de templos como los de Nuestra Se¤ora de la Victoria (siglo XVI, plaza de Armas), San Miguel (siglo XVII, calle San Miguel), Santiago (siglo XVI, t£nel de Santa Ana) y desde el a¤o 1682, la iglesia de la Concepci¢n. En 1900 se pone la primera piedra de la iglesia del llano, templo que por falta de medios econ¢micos no pudo terminarse, en un segundo proyecto, hasta 1918. En este intervalo, y desde 1908, hay algunos intentos para construir una mezquita al servicio de la peque¤a colo- nia musulmana, intentos frustrados por la opini¢n p£blica que exig¡a se terminara antes el templo cat¢lico. Sin embargo en 1914 se comienza una mezquita en la margen izquierda de r¡o de Oro, construcci¢n que, como la iglesia, qued¢ detenida por falta de fondos suficientes. En 1926, gracias a la ayuda prestada por el General Castro Gi- rona, se le dio el impulso final y pudo ser terminada. Desde 1953 presta sus servicios la nueva mezquita del Pol¡gono. En 1912 se inaugura una modest¡sima capilla dedicada a San Agust¡n en la calle de la Estaci¢n del barrio Del Real, donaci¢n de un particular. El General Aizpuru entreg¢ en 1918 un barrac¢n de los situados en terrenos del Almac‚n de Intendencia con el fin de habilitarlo para el culto, barra- c¢n transformado por el General Silvestre en la actual capi- lla, en 1920. La Capilla Castrense fue inaugurada en 1923, seg£n proyecto de Francisco C rca¤o. Desde los primeros momentos de su llegada la pobla- ci¢n hebrea tuvo sinagogas en el primer recinto de la ciu- dad. En 1893 hab¡a una sinagoga en la calle Alta y otra en la calle San Miguel. En la Melilla del llano, Yamin Bena- rroch construy¢ la sinagoga Or Zaruah inaugurada en 1925, y que comparte el culto con otras sinagogas reparti- das por la ciudad. Un cuarto elemento religioso lo constituye la colonia hind£, asentada en Melilla desde 1895, con la cual se com- pleta el mosaico religioso y cultural de Melilla, ciudad don- de se encuentran y conviven, pero no se entrecruzan, cua- tro conceptos transcend‚ntes del esp¡ritu religioso. BIBLIOGRAFIA: MELILLA ARQUEO- LOGICA - BARRIO FERNANDEZ DE LUCO, Claudio Antonio, << Berebe- res y Fenicios en Melilla, aportaciones de la numism tica>>, en Re- vista Publicaciones de la E.U.P. de E.G.B. Melilla, mayo 1983, p gs. 65 a 76. - BARRIO FERNANDEZ DE LUCO, Claudio Antonio y FON- TELA, Salvado, <>, en revista N§ 2000, Asociaci¢n Espa¤ola de Numis- m ticas Profesionales. n£m. 13, ene-feb. 1987. Madrid. Tambi‚n en revista Tr pana de la Asociaci¢n de Estudios Meli- llenses, n£m. 1, 1987. Melilla, - BARRIO FERNANDEZ DE LUCO, Claudio Antonio, <>, en Pri- meras Jornadas de Arqueolog¡a. 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