PESADILLA CIBERNAUTICA

[Web con audio de fondo]

Año 2019...

Los niños jugaban en el asiento de atrás a hacer la guerra, mi esposa llevaba más de una hora inmersa asistiendo a un pase de moda retransmitido en directo desde Hong-Kong... ¿Vacaciones? me pregunté, !Qué chiste!

A medida que nos acercábamos a Braimstor, el ordenador de a bordo del automóvil mostraba en su pantalla imágenes retrospectivas de aquel lugar simultaneándose a la voz del guía virtual que narraba la historia de una ciudad que parecía haber dejado de existir. De aquellos jardines bañados por el sudor de incansables niños no quedaba nada. Sólo encontré una respuesta, Cibercultura.

Brainstorm no dejaba de ser un ejemplo más de irreversibilidad en el deterioro social que el planeta sufría desde principios de siglo (XXI). Las personas, recluidas en hogares tecnificados en su totalidad, desarrollaban su vida en escasos metros y anulaban por completo cualquier relación con el entorno. En ocasiones, algunos habitantes de esta o cualquier otra población no conocían más de dos o tres calles de su ciudad natal. ¿Y los amigos? En la Red.

Los últimos y "avanzados" sistemas de enseñanza adoptados por el Gobierno en la última década para solucionar los problemas de masificación en las escuelas públicas habían acabado de empujar al confinamiento definitivo a toda una generación de personas que cursaron sus estudios frente a un ordenador.

Por momentos, experimenté una sensación horrorosa en mí. Me sentí caer en un vacío infinito, desplazado de la realidad, impotente, ahogado en la tristeza absoluta de quien no desea seguir viviendo, atrapado en la angustia de una pesadilla sin final. En una palabra, me sentí muerto. En ese momento pensé en mi familia. ¿Mi familia?... ¿Qué familia?, mis hijos pasaban días enteros "fuera de casa", perdidos en un ciberespacio infestado y corrupto en su grado máximo. Mi comunicación con ellos se había mermado de forma irreversible llegando incluso a no oir sus voces durante semanas, incluso meses. A pesar de vivir entre las mismas paredes, la distancia entre nosotros se había transformado en eterna e infranqueable. Cada vez que intentaba acercarme a ellos sólo conseguía convencerme más aún de que nuestras barreras eran irreducibles. ¿Cómo hablarles de educación a unos adolescentes que llegaban a sentirse dioses en un mundo podrido de mentiras? No, simplemente no. Era demasiado tarde. Por otro lado, mi mujer y sus crecientes problemas de ciberdependencia habían colapsado sin medida nuestras relaciones. No pude luchar más contra la idea de sus posibles encuentros con algún cibernauta en algún sector privado del ciberespacio. La situación era límite, los esquemas básicos de cualquier pareja habían saltado en pedazos. Al fin y al cabo, no eramos más que una vulgar familia de ciberdependientes (pesonas que repudiaban el mundo real para ocultarse en un mundo falso y de ilusiones) social y familiarmente desestructurados. Mi mente se desvió hacia la búsqueda de un culpable empujada por el más puro instinto de eximir mi responsabilidad ante la situación terminal a la que me enfrentaba y lo que era peor, a la que había arrastrado a mi familia. Tal vez podía haber hecho algo por ellos, librar la batalla contra el marketing brutal de principios de siglo (XXI) no hubiera sido cosa fácil, pero quizá mis hijos no hubieran llegado al punto en el que se encontraban y los psicólogos me habrían dado alguna posibilidad de reintegración. Mi mente volvió al punto de partida. Simplemente, era tarde. El siguiente paso era mi decisión. No me encontraba dispuesto a resignarme ante nuestra tragedia y pensé acabar con aquel triste montaje en el que se habían convertido nuestras vidas, después de todo no sería muy distinto a un suicidio virtual tantas veces experimentado en los videojuegos. Decidido, ascendí progresivamente y de forma gradual la velocidad del coche hasta alcanzar los 235 km/h, momento en el que un suave giro de volante nos hizo impactar frontalmente contra un edificio... desperté sobresaltado.

- ¿Qué te ocurre Jim?

- Vuelve a dormirte Estephanie. No ha sido más que un sueño.

- No estaba dormida Jim, estoy en la Red...