NOTA:
Con motivo de un
concurso en el fabuloso programa de
divulgación científica Redes,
presentado por ese hombre admirable que
es D. Eduardo Punset, se me ocurrió
presentar lo que ustedes podrán leer a
continuación. Por supuesto que no gané
nada, pero no deja de ser un
planteamiento interesante, al menos para
mí.
¿Encontrará
algún día la ciencia la fórmula de la
felicidad?
Desde que el hombre
existe como tal ha perseguido la felicidad
como objetivo inherente a su propia
existencia y a través de causas
aparentemente justificadas, sin embargo, la
felicidad entendida como estado fisiológico
y psicológico óptimo es alcanzada en su
plenitud por muy pocos mortales. En no pocas
ocasiones, ese estado tan deseado por
cualquier ser humano se convierte en algo
efímero que aparece y se va sin responder a
razones comprensibles ni evaluables a
nuestros ojos y respondiendo a misteriosas
causas que aún hoy no encuentran respuesta
ni en la ciencia ni en la autoreflexión
individual.
Partiendo de un patrón
fisiológico óptimo, asociando éste
fundamentalmente al funcionamiento correcto
del sistema hormonal, y una base psicológica
óptima, asociada ésta a la ausencia de
patologías de orden psíquico, intentaremos
aproximarnos a cuales podrían ser los
parámetros implicados en esa compleja y a la
vez sencilla matriz tan extraña e indefinida
que es la felicidad, ya que si bien puede
aparecer por motivos misteriosos enterrados
en lo más profundo de nuestro cerebro, es
muy posible que no se encuentre completamente
desligada a determinados factores
identificables. De este modo, y entendiendo
la felicidad como un valor no absoluto,
podemos incluso aventuramos a lanzar de un
modo gráfico y esquemático lo que podría
constituir una fórmula aproximada y sencilla
para medir el nivel de felicidad y porqué
no, para intentar alcanzarla. Esta es, grosso
modo y de forma esquematizada, mi propuesta:
Cómo podrán ver en esta
sencilla fórmula intervienen
factores de muy diverso orden. En relación
con la primera variable a la que podríamos
denominar Adaptabilidad ambiental, subrayo
el concepto de Plasticidad cerebral
como principal mecanismo para llevar a efecto
la adaptabilidad del individuo al medio. La
plasticidad alude a la capacidad única del
cerebro de modificar su propia estructura
anatómica y que conforma al cerebro como un
sistema dinámico con cierta capacidad de
autoorganización. Dicha capacidad responde
no sólo a las propiedades físico-químicas
de su estructura neuronal, sino también a
los procesos cognitivos exógenos que tienen
lugar durante su formación. A pesar de que
estos procesos de aprendizaje destinados a la
formación de nuestro cerebro puedan
presentar mayor influencia en ciertos tramos
de la vida, principalmente durante la
infancia, debemos admitir que, aún en menor
medida, la formación de nuestro sistema
nervioso central a nivel cortical es
continuada y no concluye hasta el mismo día
de su muerte.
Factores como
adaptabilidad al entorno laboral, familiar,
social, aceptación de nosotros mismos y
nuestros defectos, superación de fracasos y
objetivos fallidos por causas ajenas o no, y
la rotura de ideales y esquemas
preestablecidos, son factores directamente
condicionados a la plasticidad de nuestro
cerebro. Por ello, una gran parte de nuestra
felicidad estará marcada por esta propiedad
congénita y adquirida de nuestro órgano
más complejo, que nos permitirá en casos de
necesidad la reprogramación de
determinados circuitos neuronales para evitar
posibles obstáculos en nuestro trayecto
constante hacia la felicidad.
Empatía. Vivir en el
cerebro del prójimo
En este sentido se han
hecho experimentos muy curiosos. Mediante la
aplicación de descargas eléctricas a
individuos ante la presencia de sus
cónyuges, hijos o seres con fuertes lazos
afectivos, las respuestas fisiológicas
obtenidas en ambos individuos son
simultáneas y algo más que similares,
prácticamente idénticas. Ello nos aporta
una idea de la importante repercusión que
los estados emocionales experimentados por
nuestros seres más allegados puede tener
sobre nosotros y sobre nuestra propia
felicidad. Ello podría justificar que el ser
humano, en su búsqueda constante de la
felicidad y como respuesta lógica a esta
circunstancia, busque su propia felicidad a
través de la felicidad de terceros, a
sabiendas de que la posibilidad de generar
respuestas de felicidad en un ser querido,
tendrá una respuesta paralela en su propia
persona. Este planteamiento implica que los
niveles de felicidad en núcleos de personas
con fuertes lazos afectivos, podrían
retroalimentarse continuamente.
Sin embargo, nada impide
que esta asociación de respuestas positivas
derivadas de la interacción entre personas
pueda funcionar en sentido inverso,
convirtiéndose entonces en una dependencia,
un factor exógeno completamente ajeno a
nosotros y de complicado o imposible control
que actuaría en nuestra fórmula en sentido
inversamente proporcional.
Un cerebro activo y
estimulado
La dedicación de nuestro
tiempo a realizar labores que nos enriquezcan
como persona, alimentar nuestra autoestima
mediante el enriquecimiento de nuestro
intelecto, ejercitar la creatividad, y en
definitiva la pasión, la entrega y el
interés con el que hagamos las cosas o nos
dediquemos a ellas, pueden constituir sin
duda un combustible inagotable y de peso en
la ecuación de la felicidad. La persecución
constante de objetivos en la vida por el mero
hecho de sentirse realizado, útil y
reconocido por los demás, pueden contribuir
al escenario idóneo facilitando el camino
hacia el objetivo.
Conclusiones del
autor
La felicidad es un estado
emocional resultante de una compleja
ecuación en la que intervienen multitud de
parámetros difíciles de cuantificar. El
aislamiento de factores es clave si queremos
profundizar en las causas, pero la
interconexión de dichos factores puede serlo
aún más. Además, nos llevaríamos a
engaño si obviamos las circunstancias que
impiden a los expertos encontrar la fórmula
definitiva para alcanzar dicho estado. No
sólo ya por la enorme dificultad de integrar
variables multidisciplinares que
intervendrían en la ecuación y calcular el
equilibrio y la interconexión entre éstas,
sino mayormente por la imposibilidad que
representa la correcta evaluación de cada
una de éstas variables y su implicación a
nivel individual. No podemos obviar que la
misma plasticidad del cerebro, que otorga a
éste su infinita capacidad de adaptación al
medio a través del aprendizaje, unida a
otros factores de orden genético, convierte
a cada ser humano en entes autónomos y
únicos. El individuo como extensión de
SU sistema nervioso central, pese
a necesitar de la interactividad con el medio
para la consecución de cualquiera de sus
objetivos no abandona en ningún momento el
concepto de sistema cerrado que,
dada su condición de relativa
inaccesibilidad y su notoria complejidad, le
ha valido la denominación de caja
negra. Por esto, y pese a que la
ecuación podría rozar o incluso garantizar
el éxito en ciertos individuos, nada
garantizaría que la aplicación de la
fórmula no condujera a otros al más rotundo
de los fracasos.
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